1. Introducción
Son
muchas las barreras hacia la inclusión descritas en la literatura, así como
diversas las clasificaciones de las mismas (Reyes Guillén, 2024). Por ejemplo,
Covarrubias (2019) distingue entre barreras políticas, prácticas y culturales.
Entre estas últimas están las creencias o ideas, más próximas al objeto del
presente trabajo, centrado en las barreras de tipo cognitivo.
Las
instituciones educativas han de afrontar el gran reto de alcanzar una educación
inclusiva como obligación inevitable (Arnaiz, 2019; Slee y Tait, 2022). Por
ello, la educación inclusiva brinda la posibilidad de erradicar barreras de
cara a la participación y al aprendizaje del alumnado (Leiva, 2020; Sanahuja et al.., 2020). Sin embargo, dichas
barreras siguen existiendo en todo el mundo (Unesco, 2020). Algunas de esas
barreras proceden del docente, otras del grupo de iguales o de otros agentes,
como pueden ser los directores de centros (Nieto y Moriña, 2021), entre otros
aspectos. Así, es importante resaltar la
importancia de que los iguales faciliten la participación y el aprendizaje de
sus compañeros con actitudes positivas y amistosas hacia los demás (Scharenberg
et al.., 2019). Asimismo, el hecho de
que los docentes manifiesten actitudes positivas hacia la inclusión previene
estereotipos y prejuicios, facilitando así la inclusión (Alesech y Nayar, 2019;
Nieto y Moriña, 2021).
Sin
embargo, a pesar del énfasis puesto en la importancia de las barreras como
elemento limitante en la educación inclusiva, al revisar los estudios apenas se
habla de los elementos cognitivos que limitan dicha inclusión y que están
subyaciendo a las creencias y actitudes que obstaculizan la misma. De ahí la
importancia de tratar de examinar dichos factores cognitivos limitantes
relacionando los hallazgos de la psicología cognitiva con las barreras hacia la
inclusión descritas desde ámbitos educativos.
2. Limitaciones cognitivas. Aspectos generales
El
sistema cognitivo humano tiene una capacidad limitada, especialmente en la
atención y en la memoria de trabajo. Esa limitación le dificulta acometer el
enorme caudal de estímulos que recibe en cada momento, por lo que gran parte de
esa información no puede ser procesada. Ello repercute en los procesos
cognitivos en general, por ejemplo, a la hora de tomar decisiones, resolver
problemas, etc. Ante esa dificultad, muchos teóricos cognitivos se ven
obligados a postular mecanismos de procesamiento que den cuenta de cómo el
sistema cognitivo humano procesa la información, habida cuenta de la gran
cantidad de información junto con las limitaciones cognitivas de procesamiento.
Por ello, la racionalidad humana es restringida, como propone Simon (1983),
dado que las limitaciones cognitivas obligan al ser humano a construir
representaciones o modelos simplificados de la realidad, que llevan a
conclusiones, soluciones, respuestas o resultados derivados de dicha
simplificación, con lo que pueden resultar subóptimos.
En ese
sentido, según González Labra (2019), en psicología cognitiva existen diversas
propuestas teóricas que abogan por la coexistencia de mecanismos duales de
procesamiento, que involucran procesos como la atención, el aprendizaje, la
toma de decisiones, el razonamiento y la cognición social, siendo esta última
donde más encajaría el abordaje de las barreras hacia la inclusión. Estos
mecanismos duales hacen referencia a varias propuestas de diversos autores que
abogan por la conveniencia de postular dos mecanismos cognitivos. Por ejemplo,
Stanovich (2004) establece una distinción entre un sistema 1 de procesamiento,
que se caracteriza por ser rápido e implícito y un sistema 2 que, por su parte,
es explícito y más próximo a la racionalidad. El sistema 1 es más antiguo
filogenéticamente y procesa de modo más rápido y económico; actúa en paralelo,
pudiendo así realizar más procesos de modo simultáneo en aras de una mayor
eficiencia; es más automático, por lo que resulta menos consciente; está más
contextualizado y con un carácter más holístico y asociativo. En cambio, el sistema 2 es más nuevo
evolutivamente y procesa de modo más lento y costoso; actúa de modo serial,
necesitando realizar las tareas de una en una y no pudiendo empezar una tarea
hasta que la anterior no ha finalizado; es más controlado y consciente; está
más descontextualizado y tiene un carácter más analítico y basado en reglas.
Otra distinción similar la establece Evans (1989), quien separa el proceso
heurístico del analítico o, más adelante, junto con Over, distingue entre
proceso implícito o racionalidad 1 y proceso explícito o racionalidad 2 (Evans
y Over, 1997).
Esta
dificultad de procesar la información completa y tener que limitarse a un
procesamiento subóptimo, heurístico, rápido, implícito, etc. en muchas
ocasiones debido a las limitaciones cognitivas, está detrás de muchos de los
errores y sesgos cognitivos, así como de muchas de las manifestaciones
cognitivas y sociales que subyacen a algunas de las barreras hacia la inclusión
y que se consideran a continuación.
3. Estereotipos
Precisamente,
una de las barreras cognitivas, objeto del presente trabajo, se encuentra en el
uso de estereotipos. Su importancia de cara al abordaje de la inclusión se debe
a que los estereotipos, entre otras características, constituyen la
justificación de reacciones afectivas y conductuales hacia un grupo social
(Fiske, 2004), como cuando ocurre un rechazo.
Siguiendo
a Bustillos (2024), los estereotipos son estructuras que nos permiten almacenar
información, a modo de definiciones o caracterizaciones, sobre los grupos
sociales. Se aprenden tanto de forma explícita como implícita y se adquieren a
través de la socialización. Por ejemplo, niñas y niños asimilan desde muy
pronto estereotipos de género procedentes de su cultura, como los relacionados
con profesiones asignadas estereotipadamente a hombres o a mujeres (Solbes et al.., 2020). Una de las explicaciones
más aceptadas de la estereotipia o proceso de aplicación del estereotipo es la
que se basa en la categorización. La categorización es un proceso cognitivo que
sirve a un principio de economía de recursos, al permitir agrupar experiencias
y hacer inferencias sin necesidad de examinar de modo exhaustivo todos los
ejemplares o casos de una categoría. Es decir, realizar inferencias que van más
allá de la información presentada (González Labra, 2019). Sin embargo, como no
todos los rasgos o propiedades de una categoría son compartidos por todos los
miembros de la misma, al inferir rasgos y atribuírselos a un miembro de la
categoría por el mero hecho de pertenecer a la misma, tal inferencia es
probabilística o inductiva. Es decir, no siempre es necesaria y, por ende, no
hay garantía de que si tomamos un miembro cualquiera de la categoría ese
miembro contenga todos esos rasgos o características más o menos frecuentes en
dicha categoría. Por tanto, cabe la posibilidad de que al categorizar se
realicen inferencias erróneas, siendo este el precio que hay que pagar por ese
ahorro cognitivo. Muy ligado a este proceso de categorización está el uso de
heurísticos, mecanismos de procesamiento que atajan el mismo, con el fin de
ofrecer respuestas o soluciones rápidas y con poco esfuerzo cognitivo que, en
muchas ocasiones sirven, pero no son infalibles. Por ejemplo, el heurístico de
representatividad (Tversky y Kahneman, 1974) nos permite inferir la
probabilidad o frecuencia de un rasgo o acontecimiento a través de la semejanza
o representatividad de un ejemplar respecto a los miembros de su categoría
(Sánchez Balmaseda, 2019). Así, juzgamos como más probable o frecuente lo que
nos resulta más representativo. Sin embargo, pese a que muchas veces lo más
representativo resulte también lo más probable no siempre es así. Por ejemplo,
podemos llegar a juzgar como más probable que alguien descrito como
comprometido por la justicia social, activista político, etc. sea contable y
socio de Greenpeace que contable sin más, incurriendo en la llamada falacia de la conjunción, cuando ser
contable y socio de Greenpeace es menos probable, al ser las personas contables
y socias de Greenpeace un subconjunto de las personas contables. Pero nos
parece más representativo de esa descripción de activista alguien que es socio
de Greenpeace y eso nos lleva a cometer el sesgo. Otro heurístico es de
accesibilidad, también descrito por Tversky y Kahneman (1974) y que consiste en
juzgar como más probable o frecuente lo que nos resulta más fácil de recordar
(Sánchez Balmaseda, 2019) y, al igual que antes, aunque muchas veces lo más
accesible a la mente sea también lo más probable no siempre es así. Nos puede
parecer más probable padecer una enfermedad rara, cuya frecuencia es baja, por
el hecho de conocer a un vecino que la padece. Al ser más accesible a nuestra
memoria por el caso de nuestro vecino sobreestimaríamos la probabilidad de que
nos ocurriera a nosotros, aunque su incidencia en la población sea mínima. En todos estos casos se pone de relieve que
nuestro sistema cognitivo economiza recursos y esto puede ser adaptativo, pero
también trae consigo el procesamiento heurístico que está detrás de los
estereotipos.
De todas
formas, no conviene perder de vista que detrás de los estereotipos hay muchos
factores de otra índole, como pueden ser los factores de tipo ideológico,
político, etc. y no debemos incurrir en un reduccionismo psicológico al abordar
los estereotipos. Sin embargo, de cara a los intereses y objetivos de este
trabajo, conviene resaltar que las limitaciones en el procesamiento cognitivo,
así como su eficiencia en los recursos conllevan el uso de estereotipos y, por
ende, una barrera cognitiva hacia la inclusión.
4. Metáforas
Al igual
que los estereotipos se adquieren a veces de modo implícito, las metáforas
pueden hacerlo también. De hecho, muchas veces, al usar la metáfora y tener
esta un carácter implícito, no somos conscientes ni de que es una metáfora, ni
de que la estamos utilizando. Cuando hay un concepto desconocido difícil o
complejo, solemos usar la metáfora y la analogía para poder entenderlo en
términos de algo más conocido, más accesible, o incluso propioceptivo, lo que
supone un mecanismo que sirve a un principio de economía cognitiva (Banaruee et al.., 2019). La metáfora y la
analogía constituyen mecanismos básicos de procesamiento que nos permiten, así,
relacionar lo nuevo con lo antiguo, en un proceso constructivo de conocimiento.
Ante la complejidad de los conceptos que hemos de afrontar y las limitaciones
de nuestro sistema cognitivo, una de las formas de abordar esa dificultad es
precisamente ayudándonos de lo conocido mediante tales mecanismos metafóricos o
analógicos. Las analogías y las metáforas comparan similitudes, sobre todo
relacionales, entre dos dominios de conocimiento. Sin embargo, mientras que la
analogía lo hace de modo explícito, la metáfora establece esta comparación
implícitamente (Duit, 1991). Tanto la analogía como la metáfora constituyen
herramientas útiles en diversas áreas curriculares y en diferentes niveles
educativos (Portela et al., 2022).
En toda
metáfora, conocemos una cosa en términos de otra. Al concepto o dominio de
conocimiento más conocido lo llamamos fuente
o base y al más desconocido que
tenemos que aprender o comprender lo denominamos objetivo o meta. Por
ejemplo, las metáforas nos permiten conocer algo complejo, como puede ser el
mundo de las emociones, en términos de algo más fácil o accesible para
nosotros, como son los colores (Fugate y Franco, 2019; Jonauskaite et al., 2020). Así, podemos vincular
ideas abstractas o complejas, como lo bueno o lo malo, con otras más
accesibles, como luz y oscuridad (Littlemore et al.., 2023), tanto para referirnos a lo moral o religioso, tal y
como aparece en algunas religiones, en las que Dios ilumina, como cuando, por
ejemplo, nos referimos a nuestros estados emocionales, diciendo, pongamos por
caso, que nos sentimos bien en días soleados (Sandford, 2021). En relación con
la inclusión y exclusión hay metáforas que relacionan el dolor con la exclusión
social. Por ejemplo, el estudio de MacDonald y Leary (2005) pone de relieve
muchos términos que hacen referencia a la exclusión y que aparecen en diversas
lenguas, como por ejemplo daño, golpe o herida.
Otra
metáfora vinculada a la exclusión o la inclusión es la que concibe estas en
términos de temperatura. Así, Zhong y Leonardelli (2008) pidieron a un grupo de
participantes de su estudio que recordasen alguna situación previa de su vida
en la que se hubieran sentido incluidos, mientras que a otro grupo les pidieron
que recordaran alguna situación en la que se hubieran sentido excluidos.
Posteriormente, pidieron a ambos grupos que estimaran la temperatura de la sala
donde habían realizado el estudio. Encontraron que aquellos que recordaron las
situaciones de exclusión estimaban la temperatura de la sala en 5º C menos que
los del grupo que recordaron las situaciones de inclusión, que percibieron la
temperatura como más elevada. En una línea similar, Williams y Bargh (2008)
pidieron a unos participantes que sujetaran una taza de café caliente mientras
les pedían que juzgaran el grado en que una persona era o no afectuosa. A otros
participantes les pidieron también que valorasen dicho grado en que esa persona
era o no afectuosa, pero, mientras tanto, tenían que sujetar la taza de café
fría. Encontraron que los participantes juzgaban como más afectuosa a la
persona en cuestión cuando tenían que sujetar la taza de café caliente.
Metáforas
como las mencionadas, no siempre que se usan se perciben conscientemente como
tales metáforas, debido a su carácter implícito. En ellas, el malestar que
siente alguien a nivel socioemocional o moral, se comprende y expresa mejor
metaforizándolo en términos de algo más accesible, como es el dolor, cuyo
acceso al mismo es más fácil por su carácter interoceptivo o corporeizado. Hay,
por tanto, metáforas cuyo dominio fuente es algo que se percibe de primera
mano, en el propio cuerpo. De ahí que se las incluya dentro de la cognición
corporeizada o incorporada, al ser esta un enfoque que considera que los
humanos construimos el significado basándonos en experiencias propioceptivas,
motoras o perceptivas de primera mano (de Vega, 2021; García e Ibáñez, 2018)
En
resumidas cuentas, la metáfora nos permite entender lo complejo en términos de
algo más simple y accesible. No obstante, si bien es cierto que la metáfora, al
servir a ese principio de economía cognitiva, quizá contribuya a paliar los
límites de la cognición humana, también lo es que la propia metáfora tiene sus
límites. Es decir, el alcance conceptual de la metáfora es limitado, parcial.
Lakoff y Johnson (1980) lo denominan la estructuración parcial de la metáfora.
Y Portela et al., (2022), en una
revisión sistemática sobre los usos didácticos de la analogía y la metáfora,
señalan la importancia de ver si los estudiantes son conscientes de los límites
que tienen las analogías. De ahí la importancia de enseñar en el aula a
encontrar dichos límites en las metáforas y analogías que utilizamos.
Con el
fin de ilustrar un ejemplo de esos posibles límites en metáforas vinculadas con
la exclusión e inclusión, se traerá a colación la metáfora implícita sobre la
inclusión -más bien integración- que podríamos denominar “la fagocitosis” o el
“seudópodo”. Los seudópodos, que son prolongaciones del citoplasma de algunos
organismos unicelulares, para alimentarse pueden rodear el alimento hasta
encerrarlo. Es el proceso denominado “fagocitosis”, que hace que una célula
pueda así engullir una partícula. Echeita (2016) cuestiona esa forma de ver la
inclusión como mera integración, en la que el grupo pequeño minoritario ha de
quedar dentro del mayoritario y adaptarse a este último. Por tanto, esta idea
metaforizada supone un límite o barrera hacia la inclusión y convendría buscar
metáforas más acordes con los principios de la inclusión que, entre otros
aspectos, aboguen por la idea de que no ha de ser una minoría la que se adapte
a la mayoría únicamente, sino también la mayoría a la minoría (Berry et al., 1977).
5. Modelos mentales y disyunción incluyente
Una
teoría cognitiva que trata de explicar el razonamiento humano y que se hace eco
de las limitaciones de procesamiento -especialmente de la memoria de trabajo- y
que podría explicar parcialmente por qué nuestro razonamiento se ve sesgado es
la teoría de los modelos mentales (Johnson-Laird, 2006). Según esta propuesta,
cuando los humanos nos disponemos a razonar, elaboramos modelos mentales, que
son representaciones de la situación presentada. No todas las tareas que
acometemos a la hora de pensar son iguales en cuanto a dificultad. Esta
diferente dificultad se concreta en el número de modelos mentales que requiere
cada tarea. Existen tareas más fáciles que requieren construir un número menor
de modelos mentales para ser resueltas, mientras que otras son más difíciles al
exigir la construcción simultánea en la memoria de trabajo de un mayor número
de modelos mentales. Al tener la memoria de trabajo una capacidad limitada, las
tareas difíciles exigen construir más modelos y esto no siempre cabe en ese
espacio reducido de la memoria de trabajo, por lo que se reduce o simplifica el
número de modelos comprometiendo la ejecución. La teoría propone que
construimos modelos explícitos de la situación y también modelos implícitos.
Estos últimos ocupan menos espacio en la memoria de trabajo. Las tareas
difíciles requieren el despliegue de los modelos implícitos. Es decir, que se
hagan explícitos, conscientes y, por ende, ocupen más espacio en la memoria del
trabajo. Cuando esto se ve comprometido por la dificultad o complejidad de la
tarea tendemos a responder en función de modelos implícitos que no siempre
recogen toda la información requerida para responder adecuadamente, de ahí la
posibilidad de error.
En el
ámbito social y educativo esto tiene consecuencias. Por ejemplo, el trabajo de
Herranz-Hernández y Sánchez-Beato (2021) trató de promover la enseñanza de
valores inclusivos a través de la instrucción en los dos tipos de disyunción
que contempla la lógica formal. Según esta disciplina, la disyunción (traducida
habitualmente por “o”) se puede entender de dos maneras, incluyente o
excluyente. La disyunción incluyente se suele traducir por “p o q o ambas”,
mientras que la excluyente por “p o q, pero no ambas”. Según la teoría de los
modelos mentales, procesar la incluyente sería más costoso. Es decir,
requeriría la construcción de un modelo mental más que la excluyente. En las
tablas de verdad de la lógica, la disyunción excluyente es verdadera en dos de
los cuatro casos. En concreto, cuando únicamente p es verdadera y cuando
solamente q es verdadera. Los otros dos casos, es decir, cuando ambas son
verdaderas o ambas son falsas la disyunción es falsa. Como los modelos mentales
contemplan solamente los casos verdaderos de la tabla de verdad, aquí haría
falta la construcción de dos modelos (el modelo de p y el modelo de q, o, si se
prefiere, p verdadero y q falso y, por otro lado, p falso y q verdadero). Por
su parte, en la disyunción incluyente habría que representarnos mentalmente un
modelo más, además de los anteriores, concretamente el que contiene tanto a p y
a q como verdaderas. En este caso, se requerirían tres modelos y no dos. De ahí
que, quizá, por defecto, tendamos a entender la disyunción como excluyente. Los
autores del estudio encontraron que una breve instrucción en el concepto de
disyunción incluyente vs. excluyente, acompañada de algún ejemplo, servía para
que alumnos de entre 10 y 13 años, escogiesen en un grado mayor una alternativa
incluyente (que contenía ambas opciones) en un cuestionario tipo test, en el
que se les preguntaba acerca de si un protagonista debía optar por una opción
de tipo personal/social con implicaciones éticas, por una opción alternativa o
por ambas a la vez (esta última es la incluyente). Por ejemplo, en relación con
la actitud hacia la identidad de género, si el protagonista era un chico que ha
nacido con genitales masculinos, pero hay veces que se siente como una niña, se
preguntaba si debía vestir como un niño, como una niña o como prefiriese en
cada momento (siendo esta última la opción incluyente). Este resultado de que
con una instrucción en los tipos de disyunción los alumnos prefieren la opción
más incluyente hace pensar, por un lado, en cómo la instrucción en los tipos de
disyunción ayuda a fomentar valores más inclusivos y, por otro, cómo la
instrucción puede contribuir a paliar, al menos en parte, las limitaciones
cognitivas de procesamiento, en este caso entendidas en términos de modelos
mentales.
6. Dificultades derivadas de la homogeneización del exogrupo
El
trabajo docente se puede dificultar cuando no se reconoce la diversidad
cultural como algo positivo y no se utiliza como recurso educativo en el aula
(Gutentag et al.., 2018). No
obstante, el docente puede llegar a valorar dicha diversidad de forma positiva
en tanto en cuanto perciba que los grupos a los que no se pertenece aportan
valores o creencias diferentes a los de la cultura a la que sí se pertenece o
mayoritaria (Nguyen y Boreczky, 2022). Esa actitud positiva hacia las
diferencias culturales se vincula a una sensibilidad intercultural (Chen y
Starosta, 2000), competencia que permite confiar en las capacidades para
establecer interacciones comunicativas con el otro y disfrutar del encuentro
con él y que requiere la superación y rechazo del etnocentrismo (Mera-Lemp et al.., 2024). Tal competencia influye
positivamente en las actitudes del profesorado hacia la multiculturalidad, lo
que promueve el desarrollo de acciones inclusivas y con sensibilidad hacia
otras culturas (Akcaoğlu y Kayis, 2021; Blazevic et al., 2023). Cuando no existe esa competencia y, por el
contrario, hay una dificultad a la hora de reconocer la diversidad cultural de
miembros de otro grupo social, muchas veces subyace a dicha dificultad la
denominada homogeneización del exogrupo. Este
sesgo consiste en percibir como más parecidos entre sí a los miembros de un
grupo externo. Es decir, a los miembros de los grupos a los que no
pertenecemos, mientras que somos más conscientes de las diferencias existentes
entre los miembros de los grupos de los que sí formamos parte. Dichas
diferencias hacen referencia a aspectos como actitudes, rasgos de la
personalidad o valores (Etchezahar, 2014). Esta limitación cognitiva que
dificulta apreciar la diversidad en personas de otro grupo no es independiente
de los estereotipos mencionados anteriormente, puesto que, al incurrir en la
homogeneización del exogrupo, se tiende a considerar como más homogéneos entre
sí a sus miembros, lo que aumenta la probabilidad de que dichos miembros
resulten estereotipados (Fiske et al..,
2002). Por otro lado, conviene no perder de vista que la asignación de
individuos a grupos, sean nuestros o ajenos, o, si se prefiere, endogrupos o
exogrupos, respectivamente, no deja de ser una categorización y, como tal, no
exenta a un principio de economía cognitiva que nos lleva a cometer errores y
sesgos derivados del uso de un procesamiento heurístico.
7. Discusión y conclusiones
Estos
fenómenos considerados guardan relación con el ahorro cognitivo inherente a un
procesamiento heurístico. A todos ellos subyace una racionalidad limitada
(Simon, 1983), en la que el individuo razona de forma subóptima debido a las
limitaciones inherentes a su procesamiento, especialmente las vinculadas a las
restricciones de la memoria de trabajo, aunque sin menoscabo de otros factores
que se relacionan con la eficiencia en el procesamiento, pero que, como
contrapartida limitan la cognición y pueden tener consecuencias sociales no
deseadas. Se han recogido algunas distinciones procedentes de la psicología
cognitiva para reflejar que al pensar utilizamos quizá dos vías, una más
rápida, heurística e implícita y otra más lenta, exhaustiva, explícita, etc.
También se han recogido, tras ello, diferentes procesos y mecanismos descritos
por la psicología cognitiva y social, como los estereotipos y los heurísticos
que subyacen a ellos; la categorización; las metáforas, con sus límites, su
carácter implícito, así como su papel en la inclusión y otros fenómenos como la
homogeneización del exogrupo, fenómeno este ligado a otros como la
categorización. Todos estos aspectos son inherentes al procesamiento cognitivo,
ya no solo del alumnado, sino también del profesorado. Si, según el DUA, las
barreras no han de situarse en el aprendiz, sino en el diseño de aprendizaje,
que debe mejorarse (Pastor et al..,
2014), también es cierto que existe un cierto malestar docente respecto a la
implementación del DUA, en parte debido a la escasa formación que reciben los
docentes (Sánchez-Fuentes y Duk, 2022). Y en ese sentido, no debemos olvidar
que muchas barreras como las aquí examinadas derivan de las limitaciones de
procesamiento inherentes al ser humano, especialmente a los límites de la
memoria de trabajo. Y esas barreras, por ende, están también en el profesorado,
equipos directivos, etc. Por tanto, las y los profesionales educativos hemos de
ser conscientes de estas limitaciones que pueden ser fuentes de barreras hacia
la inclusión. Así, este trabajo trata de ir en consonancia con ese
desplazamiento de la barrera, que ya no ha de considerarse del aprendiz, sino
de la parte enseñante, que también puede ser fuente de discriminación, pudiendo
impactar en la socialización de los estudiantes (Zanga y De Gioannis, 2023). En
ese sentido, se ha tratado de arrojar luz en este trabajo sobre las barreras
que, como educadores, tenemos a nivel cognitivo y pueden estar dificultando una
verdadera inclusión educativa. De ahí la importancia de sacarlas a la luz con
el fin de erradicarlas o, al menos, paliar su influencia negativa si pretendemos
acercarnos al horizonte de una plena inclusión.
El
presente trabajo ha tratado de contribuir a crear una cultura inclusiva, pues
las instituciones educativas han de crear culturas inclusivas, entre otros
aspectos, a través de valores que la favorezcan y para ello hay que suscitar la
reflexión acerca de si su cultura, prácticas y políticas fomentan la inclusión
o si, por el contrario, favorecen la exclusión (Ayala de la Peña et al., 2023). En ese sentido, la
apuesta del presente trabajo por la toma de conciencia de las barreras
cognitivas hacia la inclusión va en la línea de dar a conocer posibles
mecanismos y factores cognitivos de dichas barreras, útiles a la hora de
hacernos conscientes y permitirnos cuestionar nuestras creencias, prejuicios y
otros elementos que obstaculizan la inclusión, como paso previo para promover
actitudes, valores y, en general, una cultura inclusiva.
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