Introducción
El
presente artículo propone abrir una discusión al interior de los debates
disciplinares de la Antropología Filosófica respecto del humanismo, el
posthumanismo y el transhumanismo.
La Antropología
Filosófica se ha vertebrado en torno a la pregunta por lo humano, ¿qué lugar le
cabe a esa pregunta? ¿aún tiene sentido la pregunta por lo humano?, ¿es posible
pensar nuevos humanismos no antropocentrados o la crítica al humanismo clásico
deriva necesariamente en un posthumanismo?, ¿lo posthumano implica una
superación de lo humano?, ¿qué diferencias se plantean entre transhumanismo y
posthumanismo?, la postulación de la existencia de un antropoceno, ¿refuerza o
va en desmedro de la tesis de la excepcionalidad humana?
El
posthumanismo plantea como eje vertebrador de su postura el fin de la excepción
humana y el fin de los dualismos, instancia que abre a pensar una ontología
relacional y otro vínculo con las materialidades, humanas y no humanas. Los nuevos
materialismos pueden hacernos pensar y habitar nuevas formas de lo humano, del
habitar-con, en sintonía con las ontologías relacionales. Asimismo, una mirada
materialista de la técnica nos permite mostrar la materialidad elidida en los
discursos tecnofílicos, que pretenden pensar la superación del cuerpo bajo la
suposición de que la materialidad de este es lo que lo vincula al error, a la
degradación, a la muerte como fin que es posible superar o trascender, cayendo
una vez más en un dualismo.
Consideramos
que muchas de las objeciones sostenidas por las posiciones posthumanas a los
humanismos clásicos son valederas y dignas de consideración. Sin embargo,
algunas de las posibilidades que abre la idea de lo posthumano derivan en la
concepción transhumanista, de la que buscamos tomar distancia. Nos preguntamos,
el transhumanismo, ¿abreva en un antihumanismo radical como lo plantea Eric
Sadin?, ¿o bien se asienta sobre una concepción dualista de lo humano, abonada
por el humanismo clásico al que pretende superar pero que no hace más que
agudizar?, ¿cómo pensar un vínculo con la tecnología que no ignore las
transformaciones actuales pero que no caiga en los discursos tecnofílicos
celebratorios que ignoran la materialidad del cuerpo?
Estos
son algunos de los interrogantes que orientan el presente artículo.
Comenzaremos con una presentación de las líneas fundamentales del posthumanismo
en relación con el antropoceno, para luego detenernos en el transhumanismo y
plantear posiciones críticas.
La mirada posthumanista: puntos centrales e
interrogantes
La
excepcionalidad humana y el proyecto moderno humanista se articularon en torno
a la racionalidad como modo de comprender y transformar el mundo en su propio
beneficio, hecho que se condensó en la idea de progreso y se institucionalizó
fuertemente en la ciencia moderna. Este desarrollo conceptualizado desde una
perspectiva eurocéntrica se articuló como una historia lineal y evolutiva que
comenzó a entrar en crisis con las grandes guerras del siglo XX y que se agudizó
entrado el siglo XXI.
La
articulación razón-ciencia-progreso empezó a resquebrajarse a partir de la
construcción de la bomba atómica y los campos de concentración. En la
actualidad se pone en entredicho a partir de los enormes desafíos que nos
presenta la IA, sin eludir además la crisis climática cuyas dimensiones son
irreversibles. ¿Es posible seguir manteniendo el núcleo razón-ciencia-progreso
como inescindible de los desastres a los que ha acarreado? ¿Se trata de ese
núcleo eminentemente moderno o es más bien la presencia sola de lo humano en el
mundo lo que conduce a procesos irreversibles?
El
antropoceno como nueva era geológica marcada por la impronta del ser humano en
el planeta da cuenta de esta trama de la que no podemos desvincularnos, más
allá de cuándo situemos su origen (Crutzen, 2000). Algunas posturas plantean
como una marca irreversible la aparición del ser humano en el planeta, mientras
que otros piensan que el inicio de una nueva era estaría marcada por la
agricultura (Ruddiman, 2005). Crutzen sitúa su inicio en la modernidad
industrial en torno a 1780 con la invención de la máquina a vapor y el comienzo
de los combustibles fósiles. Jason Moore (2016) en esta tónica plantea que no
se trata de lo humano sin más, sino del sistema capitalista y la expansión de
las fronteras mercantiles, motivo por el cual afirma que sería más apropiado
definirlo como «Capitaloceno» y no como «Antropoceno» sin más. Nancy Fraser se
hace eco de esta perspectiva y en su texto Capitalismo Caníbal (2023)
sostiene que no es el ser humano en general el responsable de esta nueva era,
sino el sistema de producción capitalista, en el que además algunos son más
responsables que otros de este cambio climático que nos lleva hacia una posible
extinción. Incluso, para precisar aún más, el Antrophocene Working Group
apunta específicamente al desarrollo de la energía atómica y sus restos
geológicos, situando entonces el punto de no retorno en 1945. Flavia Costa (2021), por su parte, insiste en
este último punto al hablar de «Tecnoceno», como especificación del antropoceno
que remite al desarrollo de energías y armas nucleares cuyo potencial
destructivo marcan un hito en la huella que dejamos en el planeta.
Más allá
de estas discusiones en torno al término y fecha precisa, lo que se plantea de
fondo es el impacto de la actividad humana en el sistema planetario, lo cual da
cuenta de la centralidad y la injerencia que ha tenido hasta el presente. Es
ineludible pensar esta injerencia de lo humano de la mano de la técnica, ya sea
en términos de agricultura o de desarrollo atómico. El ser humano se ha
establecido en y con el mundo a partir de su transformación por medio de la
técnica, por lo cual la pregunta por el impacto del ser humano como productor
de una nueva era geológica es inescindible de la pregunta por la técnica[1]. Nuestro
desarrollo ha establecido un umbral en el que las cosas ya no serán como antes,
pues hemos llegado a un punto de no retorno, en el cual la forma de lo vivo,
humano y no humano está al menos en entredicho.
En este
punto, recuperamos la pregunta: la postulación de la existencia de un
antropoceno, ¿refuerza o va en desmedro de la tesis de la excepcionalidad
humana?
La
superación de la tesis de la excepcionalidad humana es uno de los pilares en
los que se asienta el posthumanismo. Los tres puntos centrales en los que
confluye la propuesta posthumanista son: el postantropocentrismo; el
pensamiento no dual y la ontología relacional. El antropocentrismo tiene dos
características centrales: por un lado, la idea de excepción de lo humano
(considerar al ser humano opuesto y superior al resto de los seres) y, por otro
lado, el especismo, en tanto que la visión antropocéntrica solo considera el
respeto por lo humano en términos morales. Asimismo, el dualismo refuerza este
planteo, en tanto solo se considera a los hombres portadores de un espíritu
valorado por encima de la materia (cuerpo).
Josep
Martí Pérez y Begonya Enguix (2022) sostienen que a pesar de que existan
distintas posiciones en torno al posthumanismo (quienes consideran que se trata
de una revolución en la teoría social del siglo XXI y quienes no ven más que un
nuevo -post, un mero cambio terminológico), lo cierto es que hay marcas
distintivas que nos ubican en un escenario posthumano. Dichas marcas serían:
movernos del dualismo hombre-mujer; repensar el dualismo sujeto-objeto para
considerar a las cosas como “co-constitutivas de la sociedad”, descreer de la
postura antropocéntrica según la cual el hombre es rey de las criaturas y señor
de la creación y advertir la no neutralidad de lo humano tal como era
reivindicado por el pensamiento humanista, es decir que lo que se reivindicaba
era más específicamente un “hombre definido en términos de género, clase y
etnia, y cuyo cuerpo y cuyas prácticas están generizadas y atravesadas por el
poder” (2022, p.18). En este sentido advertimos junto con Martí y Enguix, que
no se trata de lo humano como tal -como si tal cosa fuese posible- sino de la
conceptualización de lo humano en este humanismo clásico renacentista.
Rosi
Braidotti (2015) también remarca que la noción reducida y
restrictiva a partir
de la cual se comprendió lo humano, aquella que se puede
vislumbrar en la
icónica imagen del hombre vitruviano, es una de las claves para
comprender la
inflexión posthumana. El ideal de hombre que erigía como
símbolo el humanismo
clásico era un varón, europeo, blanco, e incluso agrega
la autora “guapo y de
inteligencia normal”, por lo que las objeciones al humanismo
universalista eran
no sólo epistemológicas, sino también
“éticas y políticas”, y podríamos
sumar,
también estéticas.
Las
críticas a estos aspectos del humanismo universalista no son inauguradas por el
posthumanismo: las distintas corrientes del feminismo y el pensamiento
anticolonial, poscolonial, antirracista, y podríamos agregar distintas ramas
del pensamiento latinoamericano, ya habían realizado sus críticas al
universalismo abstracto. Sin embargo, a pesar de sus críticas al eurocentrismo,
al racismo y al machismo, autores como Sartre, Fanon y De Beauvoir siguieron
sosteniendo una forma de humanismo. De hecho, sostuvieron que el ideal
humanista había sido vapuleado con las prácticas racistas y eurocéntricas. La
generación de los filósofos postestructuralistas sería la que abandonaría el
humanismo en función de su rechazo de la identidad. Como asegura Braidotti
(2015) “lo humano del humanismo no es un ideal, ni una estática media objetiva
o mediador necesario. Más bien enuncia un modelo sistematizado de
recognoscibilidad -de Identidad-, gracias al cual todos los demás pueden ser
valorados, reglamentados y asignados a una definitiva posición social” (p.32).
La norma postulada esconde la pretensión de tornar universal lo que es
simplemente un modo particular de ser. Braidotti reivindica a maestrxs
antihumanistas como Foucault, Deleuze e Irigaray. Se trata de autores que
buscaron pensar positivamente la diferencia, sin intentar subsumirla en un todo
unitario. Como era necesario rechazar la concepción de identidad normativa
heredada del humanismo, se desarrolla una concepción antihumanista dentro del
feminismo de la mano de autoras como Irigaray. Sin embargo, como Braidotti
reconoce, el antihumanismo está atravesado por contradicciones en tanto que
ciertos ideales y valores desde los cuales se plantea la crítica (la libertad,
la emancipación) son implícitamente humanistas.
Después de la condición postmoderna,
postcolonial, postindustrial, postcomunista, incluso después de la contestada
condición postfeminista, nos encontramos viviendo, hoy, la difícil situación
post humana. La condición posthumana, lejos de constituir la enésima variación n
en una secuencia de prefijos que puede parecer infinita y arbitraria, aporta
una significativa inflexión a nuestro modo de conceptualizar la característica
fundamental de referencia común para nuestra especie, nuestra política y
nuestra relación con los demás habitantes del planeta. (Braidotti, 2015, p.
11-12)
El
humanismo clásico surgido en Europa en el siglo XV pone como centro de la
historia al ser humano, frente a la perspectiva teocéntrica que había imperado
durante diez siglos. La pregunta por el ser humano, su capacidad de conocer y
transformar el mundo fueron el eje de esta transformación que entra en cuestión
en la actualidad. Cuáles son los límites de estas transformaciones, si es que
los hay, y cómo esas transformaciones ponen en jaque no sólo al mundo en el que
vivimos sino a nosotros mismos son parte de las preguntas que vienen de la mano
del posthumanismo. Sin embargo nos interesa destacar cierta actitud prístina
del humanismo en torno a mantener la pregunta por el ser humano, quizás solo
como resabio, pero que consideramos sigue presente y es parte de lo que nos
conmina aún en las perspectivas posthumanistas. La pregunta por lo humano en
torno a su revisión, crítica, ampliación o superación es parte de lo que nuclea
a los distintos planteos que allí abrevan. Se actualizan las preguntas
martianas al cuestionar “Qué somos, qué hemos sido y qué podemos ser”. La
pregunta por lo humano sigue vigente, solo que deberíamos pluralizarla, como
bien hace José Martí, y pensarla en construcción, en vínculo, en relación, que
es lo que no primó dentro del humanismo clásico. Abrir las genealogías de otros
humanismos posibilita pensar otros proyectos históricos, que si bien no fueron
los que primaron evidentemente, sí han logrado ciertas existencias y
resistencias que nos interesa destacar. La perspectiva humanista de José Martí
presentaba un claro vínculo con los demás y con la naturaleza de la que era
parte, muy emparentada a las ontologías relacionales propuestas por los
posthumanismos actuales. Del mismo modo las perspectivas amerindias se
construyen en unidad con la naturaleza. De manera hegemónica se impuso una
diacronía desde el humanismo clásico antropocéntrico, productor de la ciencia
moderna por medio de una racionalidad excepcional, que fue deviniendo y
reduciéndose a la racionalidad instrumental, en torno a una mecánica
medios-fines ideal para el desarrollo del sistema capitalista imperante, en el
que todo se reduce a mercancía, incluso nuestro mundo y nosotros mismos. Esa
misma racionalidad es la que desde la exaltación de lo humano en el siglo XV
prima hoy en los discursos tecnofílicos de superación de lo humano en lo
transhumano.
Para
algunos autores como Said (2006), siguiendo la línea de pensadores como Fanon y
Sartre, la crítica del humanismo es una crítica inmanente que se hace desde el
propio humanismo[2]. Para
otrxs, la impugnación del humanismo se ha de realizar desde fuera de sus marcos
conceptuales: de allí la inflexión posthumana. Por lo que nos preguntamos ¿es
posible conciliar la denuncia de los límites del humanismo con la propuesta de
nuevos humanismos? ¿o necesariamente dicha denuncia nos ubica de plano en un
marco de pensamiento posthumano?
Si
volvemos a las marcas distintivas del escenario posthumano (el abandono del
antropocentrismo y del dualismo y la afirmación de una ontología relacional),
hallamos que algunas se pueden rastrear genealógicamente en instancias previas
a lo nominado como posthumanismo. Por ejemplo, la superación del dualismo
hombre-mujer es trabajado por las teorías de género y queer; las teorías
fenomenológicas como la de Merleau-Ponty fueron un intento por considerar
nuevamente el dualismo sujeto-objeto, las teorías decoloniales y la filosofía
latinoamericana denunciaron el eurocentrismo y el particularismo sostenido por
la visión restringida de lo humano presente en el humanismo clásico; por
mencionar algunas.
Existe
una tentación en ciertas miradas novedosas de oponerse a todo lo anterior,
quizás sea un vicio de los post-[3]. Sin
embargo, a pesar de que consideramos que puede haber una mirada reductora,
monolítica de la tradición filosófica en aras de afirmar algo nuevo (y en ese
sentido, se puede considerar al posthumanismo una variante más de los post-),
es posible afirmar que hay algo novedoso en el planteo que tiene que ver con el
fin de la excepción humana y una nueva mirada respecto del dualismo
naturaleza-cultura que ha dado lugar a distintas “ontologías
relacionales”. Aunque podría avizorarse
una tensión entre la afirmación de la no preponderancia de lo humano y la
postulación de un antropoceno en el que la agencia humana produce consecuencias
irreversibles.
En otros
sentidos, la novedad planteada por el posthumanismo solo es tal para una
construcción canónica de la filosofía y en este sentido como bien afirma
Braidotti, entre tantos otros, para una concepción de lo humano blanco, varón,
propietario, inteligente, heterosexual, entre tantas otras características.
Como bien mencionamos anteriormente se podrían realizar profusas genealogías en
torno a sus puntos nodales y más aún dentro del pensamiento latinoamericano. En
lo que respecta a las ontologías relacionales, y sin ahondar en ello, podemos
mencionar solo a modo de ejemplos posibles el perspectivismo amazónico/
amerindio de Eduardo Viveiros de Castro, la perspectiva indianista del buen
vivir, los movimientos ligados a las asambleas constituyentes de Ecuador y
Bolivia que postulan los derechos de la naturaleza, como así también los
ecofeminismos, feminismos del sur, y feminismos comunitarios, entre otros.
La
defensa de la vida entramada, de una vida que es siempre ya interdependiente en
palabras de la pensadora mexicana Raquel Gutierrez se expresa así:
uno sigue aprendiendo, viviendo, y empiezas a
entender las tramas comunitarias, tramas de interdependencia, que te hablan de
lo humano y no-humano. Cuando defiendes el agua, el río, defiendes la
posibilidad de pescar, entonces defiendes la trucha, las ranas, empiezas a
pensar de una manera que ya no es ese pensamiento lineal, determinista, causal.
Empiezas a pensar en bucles, de manera más compleja, en los ciclos metabólicos
que se fracturan y se recomponen. Y ahí cada vez más surge esta cuestión de la
defensa de la vida, la defensa de la vida digna, de la vida generosa. Se
necesita el adjetivo. (Gutiérrez, 2021)
Estos
planteos que reivindican una forma de vida, en particular de vida digna, lo
hacen desde una mirada no antropocentrada, allí no aparece “el hombre” como el
eje vertebrador de las argumentaciones, sino la vida. No se da un especismo que
privilegia lo humano de manera exclusiva, sino lo vivo como un todo. Incluso
llega a postularse la naturaleza como sujeto de derecho en un diálogo complejo
entre las perspectivas indígenas y las tramas del moderno Estado-Nación, que se
plasmaron en algunas constituciones plurinacionales. La naturaleza entonces no
se trata de un objeto ni de un medio a transformar, dominar, controlar, como en
la ciencia moderna, sino de nuestro entorno, del que somos parte y que es parte
nuestra, como ya postulaba incluso Marx en sus Manuscritos (1844) en su
percepción de la naturaleza como cuerpo inorgánico del hombre. (Arpini, 2024).
Al
revisar otras genealogías críticas del humanismo clásico moderno eurocentrado,
aparecen perspectivas que permiten concebir un nuevo vínculo con la naturaleza
que no acentúe la crisis medioambiental. Coincidimos con las que postulan el
antropoceno como nueva era geológica, sin embargo, esto implica plantear la
injerencia preponderante de lo humano en el planeta, lo que puede traducirse en
un antropocentrismo acentuado que se tensiona con el intento de superación que
plantea el posthumanismo. Como señala Maristella Svampa:
Desde América Latina, pensar las vías del
Antropoceno nos ha llevado a indagar en aquellas narrativas y experiencias
colectivas que se nutren de valores éticos y relacionales, como la
reciprocidad, la complementaridad, la justicia social y ambiental, el cuidado y
la armonía en las relaciones de interdependencia entre lo humano y lo no-humano.
Nos ha llevado al campo de otras epistemes y otros lenguajes de valoración,
desde las perspectivas amerindias hasta los lenguajes (eco)feministas. (Svampa,
2018, p.51)
Las
ontologías relacionales que recupera el posthumanismo nos permiten vislumbrar
nuevos modos de vinculación humano-naturaleza, que puedan transformar y mitigar
el impacto de la huella antrópica. Sin embargo, desde una perspectiva situada
en y desde América Latina, consideramos que no todos somos igualmente
responsables y que el antropoceno o capitaloceno, como mencionamos
anteriormente, tiene claras marcas geopolíticas, por lo cual tanto los
diagnósticos como las respuestas ante estas crisis son diversos. En el Norte
global se problematiza el consumo desmedido, mientras que en el Sur el foco
está puesto en el extractivismo. El desafío radica en unir, compatibilizar y
articular las transformaciones necesarias para un mundo más habitable. Continúa
Svampa:
Cierto es que existen diferentes narrativas
sobre el Antropoceno, y que no todas cuestionan de raíz las causas de la crisis
actual. Conscientes tanto de la importancia de reflexionar en términos de
especie –incluso para avanzar en consideraciones no-especistas, en la relación
humano/no humano-; igualmente conscientes de las asimetrías y el carácter
geopolítico de la problemática, lo más importante frente a la gravedad de la
crisis civilizatoria es la respuesta que estamos dispuestos a dar a nuestros
problemas socioambientales. (Svampa, 2018, p.51)
La apuesta del transhumanismo: entre el
antropomorfismo y antihumanismo de la técnica
El
transhumanismo es un movimiento que aparentemente desafía también los dualismos
propios de la concepción antropocéntrica. En particular, el dualismo que pone
en cuestión es el de lo humano y la tecnología. ¿Es posible pensar al ser
humano separado de la técnica? ¿o existe una coevolución? Los discursos
transhumanistas se centran en la imbricación entre el ser humano y la
tecnología y postulan el mejoramiento de la especie humana a partir de los
avances tecnocientíficos. Lo posthumano, en su vertiente de superación de lo
humano, de sus carencias y deficiencias sería entonces algo a alcanzar, y no un
diagnóstico de época, como en las corrientes propiamente posthumanistas.
Los
avances tecnocientíficos de las últimas décadas, en particular el desarrollo de
IAs generativas, y la dependencia que hemos desarrollado de los artefactos
electrónicos hacen más acuciantes las problemáticas vinculadas con el
transhumanismo, a saber, ¿Cuáles son las transformaciones de lo humano en su
imbricación con la tecnología en la actualidad? ¿Cuál es la transformación de
la vida en su imbricación con la tecnología? ¿Cuál es el límite de lo humano y
de lo vivo incluso en épocas donde la tecnología insinúa parecerse bastante o
incluso mejorar lo vivo al punto ya de reemplazarlo?
El
filósofo francés Eric Sadin se ha interesado en estos temas y desde hace varios
años analiza los cambios que se vienen produciendo con el avance de las
tecnologías. Podemos afirmar, a la luz de sus últimos aportes que la técnica
pasa de ser protésica a devenir antropomórfica y allí la pregunta por lo humano
vuelve a estar en el centro de la escena.
En uno
de sus primeros libros titulado La humanidad aumentada ([2013] 2017)
anuncia la emergencia de una nueva condición humana secundada o duplicada por
robots inteligentes, a la que llama “antrobología”. En sus palabras afirma
que:
Es la
última etapa antes de la infiltración generalizada de chips en el interior de
los tejidos biológicos, que operará así una conectividad permanente entre
organismos y “servidores deductivos” consagrados a orientar, “para bien” y en
toda ocasión, el curso de la vida (...) La conformación actual de la
inteligencia robotizada disuelve el fantasma cibernético de una creación
artificial modelada a nuestra imagen y semejanza, pero está dotada, no
obstante, de una fuerza incomparable.(...) Es un poder a la vez cercano y
lejano, que orienta nuestros comportamientos, pero que se sitúa a distancia de
nosotros mismos, en una suerte de universo cerebral artificial paralelo en
expansión continua. Esta tensión reactiva las dimensiones mitológica y
esquizofrénica atribuidas a la techné, considerada en sus orígenes prometeicos
un don milagroso sustraído indebidamente a los dioses para paliar la debilidad
inherente a la naturaleza humana. (Sadin, 2017, p.29)
En este
texto del 2013 de algún modo imagina la noción de cyborg que podemos afirmar ya
planteó Haraway en 1984 y que se realiza pasmosamente en la actualidad de
manera generalizada. En lo que respecta a la tecnología todavía allí la plantea
como protésica, apelando de hecho al mito prometeico. Hay una distancia con el
modelo humano que para el autor sigue siendo fundamental. Una suerte de
paralelismo artificial que funciona a modo de soporte, como esa ayuda necesaria
que sostiene, mejora, incrementa lo que el ser humano puede. Podríamos afirmar
que se trata de la idea tradicional de la técnica.
Con el
avance de las tecnologías, y particularmente de las IAs en su versión
generativa, la técnica pasa de ser protésica a devenir antropomórfica. En 2018,
Sadin publica La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de
un antihumanismo radical (en español en 2020), en el que da cuenta de este
giro y señala que:
Ningún artefacto, en el
transcurso de la historia,
fue resultado de una voluntad de reproducir de modo idéntico
nuestras
aptitudes, sino que más bien lo que se trató de hacer con
ellos fue paliar
nuestros límites corporales con la finalidad de elaborar
dispositivos dotados
de una mayor potencia física que la nuestra. Ninguno
procedía de un calco
escrupulosamente mimético de nosotros mismos sino de una
dimensión protésica
cuya intención era asumir las insuficiencias de nuestra
condición ….Lo que hoy
hace específicas a un número creciente de arquitecturas
computacionales es que
sus modelos son el cerebro humano, que suponemos que encarna una forma
organizacional y sistémica perfecta del tratamiento de la
información y de la
aprehensión de lo real. … Se evocan chips
“sinápticos”, “neuromórficos”,
“redes
de neuronas artificiales”, “procesadores neuronales”.
Lo que de ahora en más se
presenta como el nuevo grial tecnocientífico a alcanzar es
lograr asignar a los
sistemas una contextura supuestamente análoga a la de nuestro
cerebro. (Sadin,
2020, p. 18-19)
A partir
de este cambio sustancial, el autor postula una era antropomórfica de la
técnica, frente a la que podríamos preguntarnos ¿Hay un recentramiento de lo
humano como modelo a seguir o un cierto abandono de este como medida de todas
las cosas? ¿El antropomorfismo de la técnica asume lo humano efectivamente como
orden y medida? ¿Cómo compaginar esto con el posthumanismo como nueva inflexión
que cambia el modo de conceptualizarnos a nosotros mismos, al decir de
Braidotti?
Sadin
sostiene que este antropomorfismo de la técnica es en realidad bastante
segmentado y presenta tres características básicas. Primero, es un
antropomorfismo aumentado, que se modela a partir de nuestras capacidades
cerebrales, pero que busca ser más rápido, eficaz y fiable, a la vez que
pretende ser inalterable, por lo cual podemos afirmar que en realidad se aleja
de las formas que efectivamente nos constituyen -como veremos con los aportes
de Miguel Benasayag-. En segundo término, se trata de un antropomorfismo
parcelario, pues no busca abarcar ni imitar la totalidad de nuestras
capacidades cognitivas, sino solo aquellas destinadas a tareas específicas, lo
cual se vincula con la tercer característica, que es la de ser emprendedor,
pero de acciones automatizadas y delimitadas. Todo lo cual reduce la forma
humana a imitar a una racionalidad instrumental pero potenciada y sin fallas.
Motivo por el que Sadin retoma las críticas tradicionales de la Escuela de
Frankfurt a la racionalidad instrumental y afirma la necesidad de crear una
teoría crítica de la inteligencia artificial, pues estas tecnologías empiezan a
cooptar todos los ámbitos de nuestra vida, convirtiéndose en integrales y
abarcativas, al punto incluso de alcanzar la capacidad aletheica de proferir
verdades que parecen ser incluso más eficaces, eficientes y creíbles que las
que construimos nosotros mismos.
Sadin
plantea el surgimiento de un nuevo régimen de verdad que viene de la mano de la
IA, que tiene diversas implicancias: la IA se comienza a expedir en todos los
asuntos humanos, el espíritu de no contradicción que la orienta la lleva a
eliminar la pluralidad de voces y puntos de vista, su eficacia la lleva a ser
acreedora de un principio de autoridad que aparenta ser incuestionable y la
instantaneidad de sus respuestas deslegitima el tiempo específico del análisis
humano. Sin olvidar que la orienta un espíritu netamente utilitarista. El autor
analiza distintos ámbitos en los que la IA empieza a tener cada vez más
funciones: desde el reclutamiento de personal en las empresas, pasando por la
justicia e, incluso, la medicina. Las preguntas respecto de la agencia y la
responsabilidad se hacen acuciantes.
Una teoría crítica de la inteligencia
artificial –que nos falta de modo brutal– requiere hacerse filósofo no
solamente de la técnica sino de un compuesto heterogéneo que no dejó de
consolidarse desde inicios del año 2000. Es el compuesto hecho de la alianza
implacable entre los poderes industriales y económicos, los responsables
políticos, una amplia parte del mundo universitario y científico y de los
grupos de influencia de todo tipo que, bajo la apariencia de inscribirse en “el
sentido de la historia” y de representar fuerzas “progresistas”, trabajan para
la erradicación veloz de los principios que nos sustentan y para la propagación
de un antihumanismo radical. (Sadin, 2000, p.38)
Podríamos
afirmar de este modo que se plantea por un lado un antropomorfismo de la
técnica, a la vez que se promueve un antihumanismo de lo humano, ya que se lo
segmenta de manera radical en pos de la utilidad, la eficiencia y el
crecimiento económico dejando de lado la corporalidad, la sensibilidad, la
duda, el error, incluso la capacidad del juicio, ya que la delegación de
funciones a la que empuja la tecnología y más aún las IAs generativas apelan a
la perfección y la verdad en tanto certeza y exactitud. En esta trama se
inscriben los transhumanismos tecnológicos que buscan a través de posturas
tecnofílicas pensar en la superación de lo humano. Ya en los años ´90 un grupo
de científicos y pensadores entre los que podemos citar a Doug Baily, Anders
Sandberg, Gustavo Alves, Max More, Holger Wagner, Natasha Vita-More, Eugene
Leitl, Bernie Staring, entre otros elaboraron una Declaración Transhumanista
que fue adoptada en 2009 por Humanity+. Plantean 8 puntos que sería de sumo
interés analizar, pero nos centraremos inicialmente en el primero, que afirma:
La humanidad se verá profundamente afectada
por la ciencia y la tecnología en el futuro. Prevemos la posibilidad de ampliar
el potencial humano superando el envejecimiento, las deficiencias cognitivas,
el sufrimiento involuntario y nuestro confinamiento en el planeta Tierra.
(Humanity+, 2009)
Este
postulado condensa la perspectiva transhumanista de la que buscamos tomar
distancia. Si bien asumimos la imbricación de lo vivo, humano y no humano con
la tecnología, por lo que, como ya afirmaba Haraway en los ´80 somos cyborgs,
esto no implica asumir una perspectiva de lo humano que deba ser superada, al
menos en ese sentido. Plantear el envejecimiento como algo que debe ser
superado, mejorado da cuenta de una perspectiva dualista que separa
cuerpo-alma/mente y construye una noción de lo humano que acentúa lo
inmaterial, asumiendo la corporalidad y la materia como aquello que retrasa,
encarcela, corrompe o que en el último de los casos arrastraría a lo humano a
la muerte. Se afirma de algún modo una atemporalidad eterna del alma o la
mente, como aquello que nos sobrevive o que incluso con los aportes de las
tecnologías podríamos resguardar en una especie de chip, memoria externa o
dispositivo similar. Una especie de platonismo cibernético.
La
perspectiva de lo humano que sostenemos implica la afirmación de una
materialidad que es constitutiva del mismo. Como ya disputó buena parte de la
filosofía contemporánea, desde los filósofos de la sospecha en adelante, somos
nuestro cuerpo. No se trata de algo que tenemos a modo de agregado, de
suplemento, que podemos cambiar o elegir, sino de una facticidad constitutiva a
partir de la cual nos hacemos lo que somos. Incluso desde las ontologías
relacionales que asumimos, esa constitución no se produce al margen del
entorno, de los demás humanos y no humanos, del ambiente, la cultura, la
tecnología y tantas otras tramas. Nuestra materialidad se constituye en esas
relaciones.
En este
mismo sentido, plantear nuestro confinamiento al planeta tierra como algo
también a ser superado nos resulta incluso cínico, en vínculo con los análisis
en torno al antropoceno que hemos destacado. Asumir que podemos dominar,
extraer, expoliar y destruir el planeta en el que vivimos porque luego, de la
mano de la tecnología, podremos conquistar uno nuevo y liberarnos de este, que
ya no “servirá” más o que será en el mejor de los casos un basurero
radioactivo, da cuenta de una humanidad “superada” que no queremos ser/adoptar.
El
transhumanismo se mantiene en el marco del humanismo al proponer mejorar lo
humano por medio de la tecnología, cree en la fusión de la conciencia humana
con redes biocomputacionales para crear la singularidad que daría cumplimiento
al proyecto humanista de perfeccionar a la humanidad gracias a los avances de
la ciencia y la tecnología. El transhumanismo defiende y contribuye al
neoliberalismo y su ideal de sujeto (Braidotti, 2022). En la declaración de
Humanity+ los postulados 6 y 8 apelan a la autonomía individual, a los derechos
individuales, a la elección de cada individuo en pos de potenciar su vida,
instancias que no es posible desvincular de una perspectiva neoliberal de la
sociedad y de la ciencia y la tecnología. Tanto en lo que respecta a la propia
concepción del individuo como un sujeto puramente individual, cuasi incorpóreo,
que debe superarse a sí mismo cada vez, empresario de sí, como en su relación
con el entorno, pues para su progreso puede expoliar nuestro planeta indiscriminadamente
ya que, eventualmente de la mano de la misma tecnología que creamos,
conquistaremos otro y así ad infinitum. Acordamos por ello con la
perspectiva de Rosi Braidotti en que el transhumanismo permanece en el marco
del humanismo clásico e incluso lo acentúa desde una perspectiva neoliberal.
La
mirada transhumanista se acopla en nuestro presente con la creciente delegación
de funciones, otrora intrínsecamente humanas, a las IAs. Las mismas prometen
eficiencia y una perfectibilidad creciente que las hace menos susceptibles a
errores. El error, la falta de control y la incertidumbre devienen
características propiamente humanas que buscan ser superadas. ¿Es lo humano
siempre perfectible por la técnica? ¿Hay algo humano que resiste, incluso ya
devenidos cyborgs? ¿Qué persiste de lo humano en esta imbricación? ¿o por qué
seguimos pensando qué es lo que resiste y persiste?
Miguel
Benasayag en ¿Funcionamos o existimos? (2021) propone una diferencia
cualitativa, no ontológica, sino de procesos y organización entre el existir y
el funcionar. La tesis central del libro es que lo vivo y la cultura no son
reductibles a algoritmos maquínicos y que existe una colonización de la
existencia por parte del funcionamiento con consecuencias trágicas. Para el
autor, el existir no es reductible a una suma de información; en la existencia,
el sentido, la negatividad y el no saber son centrales. La tecnología opera
según el tiempo lineal del funcionamiento, mientras que los procesos
biológicos, sociales, ecológicos y culturales poseen una temporalidad
diferente. Pensar entonces que hay una continuidad entre uno y otro y que la
tecnología sólo incrementa y perfecciona lo que somos, es desconocer nuestros
propios ritmos vitales.
Para el
autor en nuestra época asistimos a una hibridación entre lo vivo, la cultura y
los artefactos creados por las NBIC (nanotecnologías, biotecnologías,
informática y las ciencias cognitivas). A partir de este diagnóstico, la
pretensión tecnófoba de un retorno a un tiempo incontaminado es irrisoria, pero
eso no debe llevarnos a los discursos celebratorios acríticos de los
transhumanismos.
En un
contexto signado, para Benasayag, por el fracaso de las utopías modernas, los
defensores de la ‘hipermodernidad’ consideran que el progreso viene de la mano
de novedades tecnológicas. Esperan que sean las propias tecnologías las que
construyan un mundo más viable. La perfectibilidad tecnológica conlleva un slogan
según el cual todo es posible. Benasayag advierte, sin embargo, que no es
deseable ni posible querer abolir todo límite. De hecho, lo propio de lo vivo
es producir y experimentar nuevos posibles, pero en cada experimentación
existen límites que configuran y son incluso condición de posibilidad de esos
posibles. Sin esos límites no hay experiencia posible. El autor retoma, como
ejemplo, una alusión de Kant a Platón, en su abandono del mundo de los sentidos
por imponer límites al entendimiento. La paloma podría imaginarse que volaría
mejor en un espacio vacío, como si el aire no fuera condición de posibilidad
del vuelo mismo. En este sentido el límite, la corporalidad como límite, el
mundo como límite, la muerte como límite, son condición de posibilidad de la
vida misma. En discusión con el pensamiento de transhumanistas como Laurent
Alexandre, Benasayag sostiene que la muerte no es un simple funcionamiento
fisiológico que podríamos cambiar, esto supondría comprender la vida como una
serie de agregados, lo que el autor denomina una “artefactualización de lo
vivo” (2021, p.40).
Esta
mirada respecto de lo vivo como meros agregados, va de la mano con la
digitalización, modelización y datificación del mundo. Pero contrariamente a la
doxa dominante según la cual todo es información, Benasayag subraya que aunque
pueda predecir conductas, la modelización digital del mundo no permite
verdaderamente otorgar sentido. De este modo, reivindica el cuerpo (que para la
ideología de la información es sólo ruido en el sistema), así como la vejez y
la infancia como momentos vitales que interrumpen la temporalidad del
funcionamiento y la productividad. En un sentido análogo, rescata la memoria
humana que, a diferencia de la exomemoria digital, necesita el olvido, la
selección, la transformación para producir sentido. La selección de los
recuerdos está atravesada por la subjetividad, la historia personal y la
historia externa.
En el
libro escrito en conjunto con Ariel Pennisi (2023) discuten con otro
representante del transhumanismo: Raymond Kurzweil. Para Kurzweil, ingeniero y
especialista en Ciencias de la computación, se producirá en el futuro una
fusión entre lo humano y la tecnología: a ese evento lo llama ‘singularidad’.
El presupuesto a partir del cual trabajan Kurzweil y el transhumanismo en
general es el de la homologación entre lo humano y la máquina. Lo que está
ausente en estas reflexiones es el cuerpo mismo, no en tanto precariedad e
insuficiencia sino como condición de posibilidad para otorgar sentido.
Es
posible afirmar que la crisis de la modernidad trajo consigo una crisis de
sentido, que se hizo palpable, como afirmamos anteriormente, con los campos de
concentración y la bomba atómica. Unos años después se articuló también
discursivamente en torno a la crisis de los grandes relatos. En la actualidad,
los discursos acerca del fin de la modernidad vienen de la mano de las
tecnologías, no obstante, señala Benasayag, las técnicas digitales construyen
un sentido propio, pero este es meramente aumentativo del relato moderno
tradicional; razón por la cual el autor utiliza el término ‘hipermodernidad’.
No hay ni tal ruptura ni tal novedad. Se trata de una promesa a la humanidad de
ir más allá de los límites de su cuerpo, de lo vivo, incluso del mundo. ¿No es
posible pensar que se trata de una vuelta a la promesa de la ciencia moderna de
superación de los límites materiales y progreso ilimitado? ¿Este desafío de
creación de la vida a partir de lo no vivo, que de algún modo terminó en
Frankenstein, no se reedita en la actualidad de la mano de las tecnologías?
El mundo
digital reedita una promesa metafísica de un más allá, según el análisis de
Miguel Benasayag. Este más allá se distancia justamente de la variabilidad de
la materia, la promesa metafísica de un mundo previsible genera cierta
seducción; se trata de una sensación de estabilidad y seguridad que son
anheladas por las subjetividades modernas. A ello se debe cierta confianza en
la tecnología como utopía salvífica. El mundo de lo vivo, en cambio, se
caracteriza por la variabilidad y la diversidad. “Lo vivo modifica permanente
su medio y se transforma a sí mismo simultáneamente. Pero, desde el encuentro
entre los artefactos digitales y lo vivo, hacemos “como si” esto (lo vivo) no
poseyera invariantes y singularidades propias” (Benasayag, 2019, p.28).
La
ilusión transhumanista de funcionar “al modo de” los artefactos digitales sustrae
a lo vivo de sus características propias. Como lo vivo y los artefactos
funcionan con diferentes leyes, ciclos, normas, no es posible que el mundo
digital “supere” a lo vivo, ya que no hay una linealidad y progresión en sus
ciclos. Postular una única vía en la que todo lo vivo y lo no vivo se
desarrolla implica sustraer la propia variabilidad y diversidad que caracteriza
a la vida. Como afirmamos anteriormente con Benasayag, lo vivo implica un
conjunto integrado que no es reductible a sus elementos y procesos. No es la
suma de las partes. Es efecto de contexto, ya que nos constituimos en relación
con el medio, dependemos de él. Lo característico de lo vivo, para el autor es
la autopoiesis y la reproducción y lo que llama el principio orgánico de autoafectación.
Los organismos siempre están y se constituyen en relación. Lo otro de la
creación era el creador, de la naturaleza era la cultura ¿cuál es la alteridad
del organismo? se pregunta Benasayag, ¿es el artefacto? Pero nos preguntamos
¿no se abre así otro dualismo que querríamos elidir: organismo-artefacto o bien
funcionamiento-existencia?
Sostenemos
que no se trata de volver a caer en ciertos dualismos estancos, sino de
propiciar como el mismo autor sostiene procesos de hibridación. Las ontologías
relacionales nos abren la posibilidad de pensarnos en procesos de
co-constitución, con los demás humanos y no humanos, así como también con los
artefactos y la naturaleza. El pretendido olvido y separación del mundo, ahora
marca su límite con el antropoceno. Quizás sea momento de asumir lo vivo de
manera hibridada con toda la multiplicidad que lo caracteriza. Es ineludible
pensarnos y conformarnos con las tecnologías, pero ello no debe devenir en una
superación de lo humano, de la materialidad y de la vida como pretenden los
diversos transhumanismos. Incluso ese vínculo con las tecnologías que proponen
y esa supuesta superación no deja de estar geopolíticamente situados y en ese
sentido pretende imponer un cierto canon o una forma única de devenir cyborg o
de ser humano o transhumano. Acordamos con Benasayag en la necesidad de
pluralizar las realidades, que va de suyo en la impronta propia de lo vivo.
Los algoritmos, los robots y las big data
configuran una visión del mundo que no es ciertamente tan objetiva como se
afirma. No son la realidad, sino solamente una realidad; entonces
no es la técnica y sus usos (...) sino el carácter unidimensional del mundo
digital que es necesario pensar y comprender. (Benasayag, 2019, p. 22)
Palabras finales
Frente a
los interrogantes que suscitaron nuestra indagación, podemos concluir que el
transhumanismo refuerza una parte del humanismo clásico, aquella que remite al
dualismo alma-cuerpo, suscitando una especie de platonismo cibernético, como
mencionamos anteriormente. Lo que replica es un intento de superación del
cuerpo, una reivindicación de un antropomorfismo aumentado, segmentado,
parcelario, que solo apunta a la eficiencia y a la productividad. Dejando de
lado así aspectos también constitutivos de lo humano, lo que escapa al
funcionamiento, lo que en términos de Benasayag constituye la singularidad de
lo vivo, o lo propio de la existencia.
De modo
que, si bien en algunos sentidos el transhumanismo refuerza características del
humanismo clásico, en otros sentido también puede considerarse un antihumanismo
radical, en la medida en que despoja al ser humano de sus características más
intrínsecas como la capacidad de pensar críticamente, de juzgar y de enunciar
una verdad.
Si
reivindicar la potencia aletheica del ser humano, el pensamiento crítico y el
juicio son características propias de un humanismo, ese sería un humanismo del
que no querríamos despojarnos. Pensar la posibilidad de ‘nuevos humanismos’, si
es que aun no deseamos desembarazarnos del todo de la noción, supone reconocer
las críticas que el antihumanismo y el posthumanismo han elaborado: dejar de
lado el antropocentrismo, los dualismos y abogar por una ontología relacional.
Asimismo, es menester rastrear otras genealogías, reconocer la existencia de
distintas tradiciones de pensamiento que no conceptualizan lo humano de manera
unívoca y monolítica como se canonizó en el discurso hegemónico eurocéntrico.
En tal sentido sentido, sólo a modo de ejemplo, hemos mencionado a José Martí,
también a los feminismos comunitarios, el pensamiento amerindio, o incluso en
la tradición europea, los pensadores de la sospecha.
Consideramos
que esta revisión crítica de las distintas conceptualizaciones de lo humano
debe hacerse de manera situada. Así como la reflexión respecto del Antropoceno
supone pensar de forma geopolítica, también creemos que la reflexión filosófica
y el vínculo de lo humano con lo no-humano ha de hacerse teniendo en cuenta la
diversidad de formas que puede revestir dicho vínculo. Más aún cuando las
tecnologías conforman/imponen una realidad como “la” realidad, bajo su supuesta
objetividad y capacidad aletheica sobre lo humano, lo no humano y el mundo en
su totalidad. Cabe incluso abrir algunos interrogantes en torno a la tecnología
como ineludible o como un devenir cyborg bajo un único modo de hibridación.
Insistimos en la capacidad crítica y situada que nos enfrenta a otras
realidades. No en una postura romántica de la precariedad de la “periferia”,
sino en la insistencia de que las formas de vida y de hibridación son plurales
y múltiples, así como diversas también sus formas de resistencias, que nos
habilitan a pensar la posibilidad de “nuevos humanismos”.
El
desarrollo tecnocientífico no sólo ha transformado la concepción antropológica
sino que también ha tenido un impacto en el planeta. La inherencia del ser
humano al planeta Tierra es algo que los transhumanistas han puesto en
cuestión, como vimos a partir del análisis de su declaración/ manifiesto.
Consideramos que advertir las consecuencias de la huella antrópica en el
planeta no puede derivar como respuesta una huida del mismo, sino que ha de
llamarnos a la reflexión y a la responsabilidad, o al decir de Haraway
«respons-habilidad» como la capacidad ética y activa de responder ante el mundo
y sus habitantes, tanto humanos como no humanos, lo que supone asumir nuestra
interdependencia.
Si bien
acordamos con las críticas realizadas desde el posthumanismo al humanismo
clásico, consideramos que la postulación de lo ‘post’ implica de algún modo una
idea de superación y de linealidad de la que buscamos tomar distancia. Supone
de algún modo una única humanidad de la que habría que distanciarse o
abandonar, así como también un único modo de hacerlo. El posthumanismo crítico,
como el de Braidotti, se reconoce deudor de los postulados de distintas
corrientes críticas, antihumanistas pero también defensores de un humanismo
crítico. Rescatar algunas genealogías propias de Nuestra América, así como
también algunas posturas críticas de la modernidad europea nos permite postular
múltiples formas de ser humanos, y de vincularnos con lo no humano, con el
entorno y con las tecnologías. Quizás así sea posible pensar nuevas formas
hibridadas, no de funcionar sino de existir con responsabilidad.
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[1] Utilizamos de forma indistinta los términos técnica y tecnología,
si bien advertimos que poseen matices diferenciales: “cuando se habla de
tecnología, de raigambre moderna y occidental, se alude al conjunto de
conocimientos de base científica que permite describir, explicar, diseñar y
aplicar soluciones tecnológicas a problemas prácticos; mientras que con el
término “técnica” se indica el conjunto de habilidades y conocimientos que se
pueden aprender y transmitir” (Fischetti
& Torrano, 2024, p.13). En cuanto al abordaje específico de la filosofía: “Se suele utilizar la expresión
“filosofía de la tecnología” para hacer referencia a la tradición
anglosajona y “filosofía de la técnica” para la francesa. Por su parte, la
teoría crítica de tradición alemana ha visibilizado la tecnología vinculada a
la racionalidad instrumental” (Fischetti & Torrano, 2024, p.13)
[2] Pensar distintos humanismos, en particular desde América Latina fue
la clave desde la cual se desarrollaron distintos proyectos de investigación de
CONICET y la UNCuyo liderados por la Dra Adriana Arpini entre los años 2011 y
2015. Un resultado fue el libro El humanismo, los humanismos. Ideas y
prácticas revisadas desde Nuestra América (2015). Allí puede cotejarse una
visión crítica del humanismo clásico, pero efectuada desde el reconocimiento de
otros humanismos posibles.
[3] El “post” fue tema del dossier anterior auspiciado por la RED y
publicado en la Revista de Investigación y Disciplinas de la Universidad
Nacional de San Luis en octubre de 2025. CFR. https://revid.unsl.edu.ar/index.php/revid/issue/view/39

