Introducción
En el marco del debate contemporáneo sobre
el Antropoceno, la tradicional escisión entre el reino de la necesidad y el de
la libertad ‒asociados respectivamente con los ámbitos de
la naturaleza y de la cultura‒ se ve desestabilizada. De acuerdo con Latour y Lenton (2019), el
Antropoceno obliga a reabrir estas conexiones (necesidad/libertad;
naturaleza/cultura) en la medida en que ciertos efectos derivados de la acción
humana colectiva exceden de forma evidente toda intencionalidad unificada, lo
que ha conducido a considerar las “reacciones” del planeta como parte de un
entramado de agencia redistribuida. En el marco de las ciencias del Sistema
Tierra (ST), la acción humana colectiva es conceptualizada como parte
constitutiva del sistema, lo que permite describir sus efectos como sistémicos
sin presuponer necesariamente una intencionalidad consciente o coordinada. Esta
reformulación pone en crisis la clásica oposición que estructura buena parte de
la modernidad, dado que la naturaleza ya no aparece como un dominio de
necesidad inflexible, ni la cultura como un ámbito de libertad absoluta: si
bien es estratégico rechazar la “naturalización” del comportamiento humano, no
es posible ignorar que ciertos efectos emergentes de la escala masiva de los
seres humanos escapan a las categorías con que la tradición occidental ha
pensado la política y la práctica humana en general. En efecto, el forzamiento
de zonas de indiferenciación entre lo humano y lo no humano tiene efectos
paradójicos que no siempre son reconocidos y abordados como tales: si se
reconoce que la dimensión humana forma parte del ST (como afirman las propias
ciencias del Sistema Tierra, cf. Podušelová 2024), entonces el impacto humano
no es absolutamente no intencional, ya que está siendo figurado, mensurado y
puede ser evaluado críticamente, aunque sea de forma parcial o fragmentaria
(algo que es evidente con cada informe del Panel Intergubernamental sobre
Cambio Climático[1], por
ejemplo). Esto pone de manifiesto, como ya ha sido señalado por autorxs
referentes de este campo de trabajo, que la introducción del Antropoceno como
categoría de diagnóstico y análisis apunta a capturar dos novedades de nuestro
presente: a) los efectos materiales de la acción colectiva no sujeta
inicialmente a una directiva unificada y b) el salto de escala que este
tipo de acción involucra.
Teniendo esto en cuenta, cabe preguntarse
cuáles son las modificaciones que el Antropoceno supone para la Antropología
Filosófica (AF) contemporánea. La AF nació como un ámbito de indagación
filosófica orientado a articular la condición humana[2]
bajo ciertas constricciones de orden ambiental o, en la terminología de Gehlen
(1993), como animal carente de adaptaciones orgánicas. En este marco, en el que
el ser humano tendría por especificidad la necesidad de darse a sí mismo las
herramientas que le permitirán adaptarse a cualquier ambiente material y
también social, ¿cuáles son las novedades que introduce el Antropoceno?
La primera de estas cuestiones, la
imposibilidad de atribuir autonomía plena a los seres humanos, tiene un doble
efecto: si hay factores no humanos que afectan el modo en que se planifica,
evalúa (práctica y moralmente) y ejecuta la acción, entonces el ser humano no
tiene dominio absoluto respecto de sus prácticas y los efectos de estas. No
podría decirse que esto es algo novedoso en sí mismo, pues todas las
conceptualizaciones de la acción humana han tenido en cuenta las tensiones
ejercidas sobre la autonomía de las prácticas, tanto a nivel individual como
colectivo. La novedad, en todo caso, estaría dada por el tipo de consecuencia
que se extrae de ello: si estamos de acuerdo en que el ser humano no está
poniendo en riesgo su supervivencia colectiva deliberadamente, entonces
debe haber otro tipo de agencia involucrada que opera de manera aún poco clara
desde nuestro punto de vista. Es decir, el ser humano no es el único tipo de
agente existente.
La segunda cuestión, la capacidad humana de
transformación material de las condiciones terrestres, impide la delimitación
(práctica y epistémica) entre individuos y ambiente. Si bien desde hace décadas
se hipotetiza acerca del impacto progresivo de las poblaciones humanas sobre la
superficie terrestre (las prácticas de agricultura y la caza de animales de
gran tamaño que condujeron a su extinción son dos ejemplos típicos; cf. Hoelle
& Kawa (2021) sobre la denominación de esto como el “viejo Antropoceno”, en
contraste con el “nuevo”, ligado a la industrialización y la energía atómica;
cf. Chernilo (2016) sobre la diferente concepción del impacto humano en la
conceptualización del Holoceno y del Antropoceno), el incremento exponencial de
las transformaciones antropogénicas a partir de las ingenierías de alto impacto
y de la masividad de la población humana, hacen evidente no solo que los seres
humanos (como cualquier otro ser vivo) co-construimos el entorno que habitamos,
sino que la coalición entre tecnologías y poder planetario suponen un salto
cualitativo. De allí que, luego de un siglo XX casi exclusivamente dedicado a
rechazar los universales y a producir investigaciones sobre la especificidad
(de las comunidades, los géneros, los territorios, etc.), en las últimas
décadas haya por el contrario una superabundancia de investigaciones que
producen conceptos de corte holístico, desde la noción de “planetariedad” hasta
la “terraformación”, donde puede incluirse al Antropoceno. En esta línea, de
todas las ideas asociadas al efecto de escala (que Diego Parente analiza en su
artículo en este mismo dossier), una que resulta de gran interés para la AF es
el salto de categoría impuesto a la humanidad, que debe ser tratada no solo
como especie biológica (algo que es elaborado filosóficamente desde que existe
un consenso en torno a la teoría de la evolución) sino además como fuerza
geológica. Katarina Podušelová (2024) distingue varias formas de entender a la
humanidad como fuerza geobiológica. Más allá de la insostenible noción de
agente intencional colectivo, capaz de coordinar decisiones (algo que quedará
en el archivo de los sueños de una humanidad uniforme o de una gobernanza
planetaria verticalista cuasi-fascistoide), ella desglosa los distintos
aspectos que involucra la noción. La que se destaca es la idea de la humanidad
como “agente sistémico con responsabilidad ética”. En esta convergen (a) una
“agencia no intencional”, mediante lo que se desacopla intencionalidad y
efectos (los seres humanos son “agentes causales” aunque no sean conscientes de
sus impactos globales), siendo los efectos sistémicos y acumulativos; y (b) un
tipo de acción como especie de gran magnitud y con un metabolismo
socio-tecnológico tal que perturba la homeostasis del ST. Desde esta
perspectiva, indagar el sentido de dominación, agencia y responsabilidad en el
Antropoceno equivale en gran medida a reformular las categorías mismas con las
que abordamos el campo de estudio. Por una parte, ya no es clara la distinción
de los dominios epistémicos tradicionalmente asociados a la gran división entre
las ciencias naturales y las humanas, como se observa en la confluencia algo
desordenada de categorías de las ciencias del ST (flujos de energía, ciclos
biogeoquímicos), categorías biológicas (como las de especie o metabolismo) y
categorías políticas. Por otra parte, es necesario repensar el sentido del
rechazo al antropocentrismo en un contexto de investigación que parece devolver
el centro de la escena a la forma humana. Esto no implica una rehabilitación
del antropocentrismo clásico, sino la explicitación de una paradoja propia del
Antropoceno: el descentramiento ontológico de lo humano coexiste con una
recentralización práctica vinculada a su capacidad de transformación
planetaria. El desafío, en última instancia, es evaluar hasta qué punto es
posible tensionar los conceptos por fuera de sus rangos de origen y ser aún
capaces de generar saberes relevantes para nuestro tiempo.
La paradoja de una figura que, a la vez que
pierde centralidad, gana protagonismo como fuerza geológica, revela una tensión
constitutiva del problema antropocénico. Siguiendo nuevamente a Podušelova
(2024), conceptos como Sistema Tierra y límites planetarios introducen una
forma de intencionalidad ampliada: al figurar el impacto de la humanidad en
términos epistémicamente legibles, la acción humana (aún si se la atribuye al
conjunto indeterminado de “especie”) ya no puede ser comprendida como un mero
efecto no intencional. Esta situación redefine la responsabilidad política de
la especie frente a la continuidad de las condiciones de posibilidad de la
vida. Sin embargo, la ambigüedad permanece: ¿qué tipo de agencia se le atribuye
a la humanidad como “fuerza geológica”? ¿En qué sentido cabe hablar de
dominación, intencionalidad o excepcionalidad?
Este conjunto de problemas reactiva bajo
nuevas coordenadas una cuestión clásica de la AF: la dualidad constitutiva de
la condición humana. En este artículo me propongo analizar cómo el Antropoceno
interpela a la AF, tensionando sus supuestos fundacionales, pero también
ofreciendo un marco fértil para su actualización. Para ello, examino dos
grandes líneas de respuesta al problema de lo humano en el Antropoceno. La
primera se enmarca en un planteo que conserva el dualismo (ahora reformulado
entre “homo” y “antropos”), diferenciando entre poder e impacto,
y proponiendo una coexistencia operativa entre dominios epistémicos diferenciados.
La segunda cuestiona de raíz la dicotomía naturaleza/cultura y propone una
ruptura desde perspectivas pluralistas, decoloniales y materialistas, que
des-universalizan las categorías implicadas. En ambos casos, apunto a explorar
el rol posible de la AF como disciplina capaz de intervenir en zonas de
ambigüedad semántica, epistémica y política.
Del Antropoceno a la dualidad moderna: tensiones
epistémicas
La formulación del Antropoceno como nueva
época geológica ha sido interpretada como una provocación a los marcos
epistemológicos modernos. En particular, al ubicar a la humanidad como agente
transformador del planeta, se reactivan las tensiones entre naturaleza y
cultura, entre necesidad y libertad, que organizaron la división moderna del saber.
En este marco, el Antropoceno funciona tanto como síntoma como como concepto de
diagnóstico: revela una mutación histórica en las relaciones entre los humanos
y el entorno planetario, pero también interpela las categorías conceptuales
desde las cuales se ha pensado esa relación.
En efecto, el reconocimiento de que la
acción humana colectiva tiene efectos planetarios sostenidos (efectos que no
pueden reducirse a decisiones políticas individualizables ni a contingencias
técnicas) abre una zona ambigua en términos de agencia[3].
Si la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica, ¿actúa o simplemente
impacta? ¿Se trata de una intencionalidad difusa, de un automatismo sistémico o
de una forma específica de responsabilidad ética? Como advierte Podušelova (2024),
una vez que se introducen categorías como la de “límites planetarios", el
rol humano ya no puede ser pensado como externo al ST: se convierte en una de
sus dimensiones operativas. Esto complejiza la separación entre causas
naturales y decisiones humanas, y a la vez obliga a reformular el estatuto de
la acción colectiva.
En este punto, la AF puede ofrecer un marco
para analizar las condiciones conceptuales de esta mutación. En tanto
disciplina surgida en el siglo XX para interrogar la dualidad constitutiva del
ser humano, la AF reconoció la imposibilidad de sustancializar una esencia
humana fija, enfatizando que la indefinición orgánica del humano (su “primera
naturaleza”) requería necesariamente de mediaciones culturales e
institucionales (su “segunda naturaleza”). Este planteo implicaba una atención
a las ciencias empíricas contemporáneas sin renunciar a la interrogación
filosófica por lo esencial. En términos epistémicos, la AF se constituyó sobre
la base de una separación (al menos metodológica) entre ciencias naturales y
ciencias humanas, que correspondía a los dominios de la necesidad (su ser animal)
y la libertad (su ser más propiamente humano).
La situación abierta por el Antropoceno
tensiona directamente esta arquitectura. Por un lado, redistribuye la agencia
entre humanos y no-humanos, desestabilizando las fronteras entre los dominios
tradicionales y las redes categoriales de cada ámbito. Por otro lado,
problematiza la autonomía de los saberes: las ciencias del ST deben integrar
elementos sociotécnicos, mientras que las humanidades se ven obligadas a
repensar sus fundamentos a la luz de fenómenos materiales de escala planetaria.
En este contexto, retomar la tradición de la AF permite no solo interrogar cómo
se produce el desacople entre intencionalidad y efecto que antes mencionamos,
sino también explorar qué tipo de forma humana se construye en esa tensión y
qué tipo de saberes son necesarios para abordarla.
Una línea de continuidad: homo / antropos y
la persistencia de la dualidad
Una primera línea de abordaje frente al
problema del sujeto del Antropoceno opta por mantener la estructura dual
moderna, aunque reconociendo sus tensiones internas y su insuficiencia
explicativa. Este enfoque no busca disolver la distinción entre naturaleza y
cultura, sino más bien asumirla como problemática estructural, lo que implica
sostener la ambigüedad constitutiva de la agencia humana. En lugar de proponer
una síntesis o una superación de la dualidad, postula su actualización mediante
una diferenciación conceptual: el homo como figura del humano histórico,
cultural y político, y el antropos como especie biológica inscrita en
procesos fisicoquímicos planetarios.
Desde esta perspectiva, la condición
antropocénica no radica tanto en una voluntad explícita de dominación, sino en
un desacople entre intencionalidad y efecto. Una manera de interpretar esta
tensión es la elaborada por Chernilo (2016) bajo la idea de “paradoja
antropocéntrica”, que valida en sus premisas el antropocentrismo (en tanto
rasgo intrínseco que nos define como especie). Para Chernilo, la paradoja
consiste en señalar la contradicción entre una exitosa transformación del
entorno para obtener beneficios inmediatos y la derrota normativa que supone
este mismo éxito a largo plazo (pues lo más probable es que transformemos el
mundo a tal punto que no sea posible que sigamos habitándolo) (Chernilo, 2016,
p. 50). El carácter normativo del problema no remite aquí a una ética
prescriptiva, sino a la introducción de umbrales, límites y criterios de
evaluación que emergen de la interacción entre dinámicas biofísicas y prácticas
humanas. El problema, entonces, no es sólo político o moral, sino
epistemológico: ¿cómo pensar la acción humana cuando sus consecuencias
desbordan la escala de percepción y de responsabilidad atribuible a sujetos
individuales o colectivos definidos por categorías políticas clásicas? O dicho
de otro modo: ¿qué significa ser humano cuando la acción humana en tanto fuerza
biogeológica parece tan ciega y desprovista de reflexividad como cualquier
otra?
Para responder a esta pregunta, autores como
Horn y Bergthaller (2020) proponen distinguir analíticamente entre “poder”
(como forma de agencia intencional y deliberada de pequeña escala) y “fuerza”
(como forma no intencional, muchas veces sistémica y acumulativa que describe
la relación humano-ambiente de escala superior). Esta distinción permite
preservar cierta capacidad crítica del concepto de Antropoceno, evitando que se
diluya en un diagnóstico puramente técnico o geofísico. A la vez, estxs autorxs
retoman los límites del enfoque trabajados en profundidad por otros autores del
campo como Malm, Hornborg y Moore: la crítica debe insistir en que la crisis
ecológica no es antropogénica (como sugiere el concepto de Antropoceno) sino sociogénica,
y específicamente causada por la sociedad global capitalista. No se trata solo
de la acumulación de acciones humanas, sino que el impacto global o la eficacia
de la agencia humana solo tiene sentido en el marco de un entorno que se ha
convertido en planeta, globo, ST o tecnoesfera. Reconocer que ciertos efectos
sistémicos son resultado de dinámicas socioeconómicas dominantes no implica
asumir que toda acción humana es teleológica, sino señalar la asimetría entre
intención local y consecuencias globales acumulativas.
Una ventaja no menor de este enfoque es que
pone de manifiesto el sesgo etnocéntrico implícito en muchas formulaciones del
Antropoceno. En efecto, si la humanidad ha devenido una fuerza geológica, ¿de
qué humanidad se trata? Las ciencias naturales trabajan, en general, con
modelos abstractos, cuantificables, basados en datos tecnológicamente mediados
que no distinguen entre regímenes civilizatorios, sistemas económicos o
desigualdades históricas. El concepto de humanidad tiende, así, a universalizar
una experiencia particular: la de los modos de vida industriales, occidentales,
capitalistas, responsables del mayor porcentaje de emisiones e impactos
ambientales. Reconocer este sesgo implica devolver al diagnóstico antropocénico
su dimensión política y su capacidad de interpelación crítica. Este planteo
mantiene una fidelidad metodológica con la antropología filosófica clásica.
Asume que los saberes científicos de época son imprescindibles para comprender
la condición humana, sin que ello implique renunciar a una interrogación
filosófica más amplia sobre sus premisas, sus efectos semánticos y sus límites.
En este contexto, cobra relevancia el concepto de tecnoesfera, entendida como
el conjunto de ensamblajes ecológicos y tecnológicos que median las relaciones
entre lo humano y lo no humano (cf. Hörl, 2017). En efecto, la tecnoesfera “es
más que la totalización de una cultura técnica de objetos. Es la entera
formación y la cooperación global de actores y fuerzas naturales y no
naturales, humanos y no humanos: desde todo tipo de flujos de energía y
comunicación, pasando por procesos de producción, hasta burocracias, estados y
seres humanos, en la que la tecnología se convierte en una entidad autónoma y
una matriz” (Hörl, 2017, p. 11). En estas líneas de investigación (que incluyen
a Simondon y Haff), la tecnología fuerza el surgimiento de un sistema complejo
de una escala superior a la humana, y es esa dinámica a gran escala lo que
delinea un entorno en el que los componentes más pequeños del sistema deben
operar.
El lugar de la humanidad en el sistema
Una manera de comprender lo que está en
juego en los debates acerca del Antropoceno es observar el tenor de las
disputas en torno al carácter sistémico del planeta. Como es conocido, el
carácter planetario, globalizador o mundializante de las categorías que hoy nos
son necesarias para abordar los fenómenos contemporáneos pueden ser datadas.
Con las variaciones ajustadas a la diversidad de enfoques (fisicoquímico,
biológico, económico, político, técnico, ecológico), estos conceptos giran en
torno a la noción de sistema, que se ha desarrollado aceleradamente desde sus
primeras formulaciones a fines del siglo XIX y principios del XX, en los
ámbitos de la físicoquímica y la biología. Por nuestra parte, abordaremos el
tema de forma esquemática tomando las reflexiones de Podušelová y de
Latour-Lenton.
Katarína Podušelová retoma el enfoque del National
Research Council estadounidense y señala que el Sistema Tierra es definido
como procesos que interactúan y operan en una amplia gama de escalas temporales
y espaciales (p. 41). Este enfoque supone interacciones complejas, sinergias,
respuestas no lineales y múltiples feedbacks. Esto implica el abandono
de la perspectiva de análisis centrada en “esferas”, entendidas como
componentes individuales (atmósfera, litósfera, biósfera, etc.). Una de las
ventajas de la perspectiva sistémica reside en su capacidad para explicar la relativa
estabilidad en un marco procesual y complejo. Para ello, introduce la idea ya
mencionada de feedback (retroalimentación) negativo y positivo. De esta
manera, se indica que el ST no es constante pero sí relativamente estable
debido a los mecanismos de feedback negativo, que tienden a disminuir o
directamente extinguir los cambios. Como explica Podušelová, dentro de la
lógica lineal, la autorregulación implica que el sistema intenta siempre
retornar a su estado inicial. Sin embargo, la no-linealidad intrínseca del ST
supone que si las modificaciones (feedbacks positivos) son muchas y a
alta velocidad, el sistema no puede estabilizarse en el estado inicial y da un
salto cambiando sus propiedades hasta alcanzar un estado estable alternativo.
En términos de sustentabilidad ecológica, es mediante esta lógica de feedbacks
positivos que se comprende el impacto de la acción humana, que afecta
directamente la capacidad autorreguladora del planeta. Así pues, la crisis
climática se desprende del hecho de que ese “estado estable alternativo” podría
no ser apto para mantener la complejidad de lo viviente tal como lo hacía el
estado anterior. A partir de ello se genera el concepto de “límites
planetarios”, que según Rockström definen “el espacio operativo seguro para la
humanidad en relación con el sistema Tierra y están asociados con los
subsistemas o procesos biofísicos del planeta” (en Podušelová, 2024, p. 40).
Esta noción límite toma como punto de referencia el Holoceno[4] y sus
condiciones climáticas, dado que es el único período en que han existido las
sociedades humanas y otros sistemas vivientes complejos. A este respecto, como
bien señala Chernilo (2016,p. 47), la acción humana ya se tenía en cuenta en la
periodización del Holoceno, de modo que la diferencia principal con el
Antropoceno residiría en que la humanidad es la causa predominante en las
transformaciones del ST en el Antropoceno. De hecho, en la formulación
originaria del Earth System Sciences Committee (ESSC) plasmada en el
diagrama de Bretherton de 1986, la humanidad ya tiene un papel clave en la
dinámica sistémica. Una vez introducidos estos conceptos, es necesario
reconocer la dimensión humana como uno de los estratos del ST que opera
directamente sobre los límites planetarios, lo que otorga a esta última noción
un alcance normativo (ir más allá de estos límites nos conduciría a un estado
potencialmente catastrófico, por ende, no debemos hacerlo).
Ahora bien, volviendo a la noción de lo
humano que circula en este enfoque, es preciso atender a la manera en que el ST
está construido teóricamente. Lo cierto es que se trabaja sobre un modelo
matemático que analiza y articula millones de datos de todo tipo. Por eso, el
concepto de “humanidad” con el que estxs científicxs trabajan es más bien un
presupuesto y una herramienta, pues los seres humanos son representados
exclusivamente por las huellas del impacto de su comportamiento colectivo
basado en variables matemáticas. A partir de esto, Podušelová descarta que se puedan deducir
enunciados normativos de algún tipo de este concepto de humanidad, y aboga por
insistir en el malentendido terminológico implícito que podría resolverse
esclareciendo los términos del debate. Lo cual nos devuelve a lo expuesto en la
sección anterior acerca del posible rol de la AF: desde esta posición, la AF
mantiene su estructura ontológica y metodológica dualista, y solo puede ser
concebida como una instancia de análisis situada que no busca eliminar la
ambigüedad conceptual entre los diferentes dominios del saber, sino más bien patrullar
sus fronteras, detectar sus superposiciones semánticas y advertir sobre las
consecuencias de su uso acrítico.
Hacia una ruptura de la dicotomía
Frente a los enfoques que optan por
conservar la estructura dual de lo humano, otra gran línea de pensamiento
plantea la necesidad de desmontar la dicotomía moderna entre naturaleza y
cultura como presupuesto general. Desde esta perspectiva, el problema del
Antropoceno no puede abordarse solo ajustando los marcos conceptuales
heredados, sino que requiere una transformación más radical: la
des-universalización de los términos clave del debate (“humanidad”,
“naturaleza”, “mundo”, “saber científico”) y una apertura hacia formas plurales
de entender la vida, la agencia y el conocimiento.
En la disputa en torno a la condición
sistémica del planeta, Latour y Lenton (2019) reivindican el concepto de Gaia
como una innovación conceptual que obliga a repensar la relación entre vida,
planeta y agencia. Gaia pone de relieve la historicidad, la diversidad
operativa y lo emergente como coordenadas clave para entender el planeta. Estos
autores cuestionan la asimilación de lo terrestre a las Ciencias del ST. Entre
las razones esgrimidas, una es de relevancia aquí, el rol que allí se le
atribuye al ser humano: la Tierra funcionaría como un sistema autorregulado que
ha sido perturbado por la acción humana. Según ellos, con Gaia intentan
promover un giro paradigmático, similar a la revolución copernicana, pues si
bien señalan que muchas veces el ST se usa tan solo como un eufemismo de Gaia,
es necesario distinguir ambos enfoques: Gaia surge dentro de lo que antes se
concebía como Sistema Tierra, pero exige pensar desde otra clave, más radical.
Su singularidad reside en que la Tierra está afectada por la vida, algo que
(hasta donde se sabe) no ha ocurrido en otros planetas. En este sentido, Gaia
no encaja en los marcos conceptuales conocidos y por ello debe indagarse por la
vía apofática, construyendo así una geología negativa (que tiene por
horizonte el abandono del prefijo GEO-, dicho sea de paso): Gaia no puede
asimilarse a un organismo, una máquina, un sistema cibernético ni a una
totalidad calculable, y tampoco hay otro planeta con estructuras vitales
comparables que nos sirva como punto de referencia. En relación con la noción de
ST, los autores señalan que Gaia no es una aunque haya solo una. Lo que
así quieren indicar es que su perspectiva difiere de las de la totalidad. Si
Gaia no es una totalidad es porque se trata de una “heterarquía con
variaciones en la fuerza del acoplamiento entre lo viviente y lo no viviente a
través de escalas temporales y espaciales mediante diferentes cosas (ciclos de
nutrientes, clima, etc.)” (p. 14-15). En este sentido, Gaia habría surgido como
efecto de las acciones e interacciones de millares de agentes biológicos libres
y diversos aspectos del mundo abiótico. No puede ser asimilada a la
“naturaleza” porque el continuismo y la unidad que rige la naturaleza no
puede ser asumido por Gaia. En la línea gaiana, la vida natural (biológica) y
la vida humana (moral y política) no se oponen ni son contradictorias, antes
bien se envuelven y despliegan de formas histórica y geográficamente variables.
Gaia no es un globo, sino que se trata de un biofilm (o zona crítica),
una superficie de algunos kilómetros de espesor que demanda una nueva situación
para el observador y el observado, pues no puede ser vista desde “afuera” como
se ve el planeta desde el espacio exterior. Gaia tampoco es un cuerpo
político (un concepto que la asimilaría a un organismo, tanto en biología
como en sociología), pues no imperan en ella las lógicas liberales ni las
organicistas que piensan las relaciones parte-todo (recordemos que los autores
ya habían señalado su rechazo al “todo”).
La cuestión clave que se destaca en el abordaje de Latour y Lenton es el
límite metodológico que se imponen: no atribuir una unidad externa a los
procesos. En este punto, la opción epistémica se inclina por establecer que si
Gaia está desordenada, no se debe a un desarreglo causado por una de las formas
de vida que la constituye; esto supondría dar por hecho que el interior de Gaia
es homogéneo (u homeostático) y que se encuentra en un ambiente que le es
exterior. Pero el ser humano no es un actor que se encuentra en el ambiente de
Gaia, es una forma de vida entre muchas otras, que hace sus propias leyes para
perdurar en el tiempo y extenderse en el espacio. La redistribución de la
potencia de actuar (signo claro de todo el proyecto de investigación latoriano)
implica, así pues, una redistribución de la libertad, una operación conceptual
que apunta a reformular la ecología como una “política de los agentes de la
vida” (p. 21).
La línea de investigación presentada por
Latour y Lenton sirve como articulador de una constelación de enfoques
pluriversales, decoloniales y materialistas que cuestionan la homogeneidad
epistémica del proyecto moderno occidental. Desde los estudios indígenas y la
filosofía andina hasta el ecofeminismo, los estudios de la negritud, la
ontología política o las cosmologías no modernas, se despliega una crítica a
las formas de conocimiento que sustentan la categoría de Antropoceno como
concepto totalizante. En todos los casos, se trata de disputar el punto de
vista universal desde el cual se habla de “la humanidad” como agente global, ya
sea para bien o para mal. Como señalan Haraway (2021), Stengers (2017), Barad
(2007) y Latour (2017), esta operación exige no solo una revisión
epistemológica, sino también una reconfiguración ética y ontológica de los vínculos
entre seres vivos, materiales, saberes y mundos posibles. Esta crítica implica,
además, una revisión del propio lugar del saber científico y filosófico moderno
en la producción de esa abstracción llamada “humanidad”. En este marco, la
antropología filosófica puede asumir una función crucial: la de desarticular
los efectos naturalizantes de las categorías modernas, pero también la de
imaginar nuevas relaciones entre pensamiento, mundo y vida. Su tarea no es solo
la de clarificar ambigüedades epistémicas, sino también la de actuar como
laboratorio de conceptos, capaz de acompañar los desplazamientos de sentido en
curso. El concepto mismo de “lo humano” se muestra aquí como un campo
inestable, transitorio, en disputa: una figura que, lejos de clausurarse en su
excepcionalidad, puede devenir compost, red, interferencia o simpoiesis.
Bibliografía
Barad, K. (2007). Meeting the Universe
Halfway: Quantum Physics and the Entanglement of Matter and Meaning. Duke
University Press.
Chernilo, D. (2016). “The question of the
human in the Anthropocene debate”. European Journal of Social Theory, 20(1),
44-60. https://doi.org/10.1177/1368431016651874
Gehlen, A. (1993). Antropología
filosófica: del encuentro y descubrimiento del hombre por sí mismo. Paidós.
Haraway, D. (2021). Seguir con el
problema: generando parentesco en el Chthuluceno. Consonni.
Hoelle J. & Kawa N. C. (2021). “Placing
the Anthropos in Anthropocene”. Annals of the American Association of Geographers,
0(0) 2020, pp. 1-8. https://doi.org/10.1080/24694452.2020.1842171
Horn, E. & Bergthaller, H. (2020).
The Anthropocene: Key Issues for the Humanities. Routledge.
Hörl, E. (2017). General Ecology: The New
Ecological Paradigm. Bloomsbury.
IUGS (International Union of Geological
Sciences) (2024). “Declaration on
the Anthropocene”. Disponible en: https://www.iugs.org/post/the-anthropocene-iugs-ics-statement
Latour, B. (2017). Cara a cara con el
planeta. Siglo XXI.
Latour, B. & Lenton, T. (2019).
“Extending the Domain of Freedom, or Why Gaia Is So Hard to Understand.”
Critical Inquiry, 45(3), 659–680.
Podušelova, K. (2024). “Identifying the
Possible Implications of the Concept of the Anthropocene for the
Philosophical-Anthropological Thought” Pro-Fil 25(1), 38–52. https://doi.org/10.5817/pf24-1-37798
Stengers, I. (2017). En tiempos de
catástrofes. Cómo resistir a la barbarie que viene. NED.
[1] El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático
(IPCC por sus siglas en inglés) fue creado en 1988 para facilitar evaluaciones
integrales del estado de los conocimientos científicos, técnicos y
socioeconómicos sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y
estrategias de respuesta. Cf. https://www.ipcc.ch/languages-2/spanish/
[2] Desde la perspectiva de la Antropología Filosófica que adoptamos
aquí, no se trata de afirmar una “naturaleza humana” sustancial sino de
analizar las configuraciones históricas y conceptuales mediante las cuales se
define la condición humana en contextos epistémicos específicos.
[3] El concepto de agencia se utiliza aquí en un sentido no voluntarista
ni subjetivista, para referir a la capacidad de producir efectos materiales
relevantes en configuraciones relacionales complejas, independientemente de la
presencia de intención o finalidad consciente.
[4] Según la taxonomía geológica, el Holoceno es la última época del
período Cuaternario (era Cenozoica), y se data su inicio hace 11.700 años
aproximadamente, una vez terminada la última glaciación. Durante este período,
de las especies humanas conocidas, solo ha habitado el planeta el Homo
sapiens. Cabe señalar que en 2024 la Unión Internacional de Ciencias
Geológicas (IUGS por sus siglas en inglés) rechazó la introducción del
Antropoceno como época por amplia mayoría de sus integrantes. Véase el
documento “Declaration on the Anthropocene” (en su versión corta o extendida)
que explica esta decisión (IUGS, 2024).

